viernes, 25 de mayo de 2018

Entrevista capotiana a Edgardo Dobry

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Edgardo Dobry.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Zaragoza, donde nunca estuve.
¿Prefiere los animales a la gente?
Aunque no siempre es fácil distinguirlos, en general prefiero a la gente.
¿Es usted cruel?
Creo que no.
¿Tiene muchos amigos?
No.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Lealtad, inteligencia y que no traigan vino barato cuando vienen a casa.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No.
¿Es usted una persona sincera?
Creo que sí, hasta donde se puede ser sincero sin caer en la descortesía.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
En invierno, escribiendo poemas breves; en verano, poemas largos.
¿Qué le da más miedo?
Los patriotas.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El racismo.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Seguramente, sería ingeniero, como mi padre y mi hermano.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Voy al gimnasio dos veces por semana; si puedo, tres.
¿Sabe cocinar?
Sí, y me gusta.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
He escrito en muchas ocasiones sobre personajes inolvidables. Se diría que escribo para olvidar.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?

¿Y la más peligrosa?
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Soy de izquierda, creo en un Estado democrático que cuide de los desfavorecidos: las personas con pocos ingresos, desocupados, ancianos, inmigrantes. En el que la malversación de los recursos públicos sea severamente castigada. Donde se respeten todos los cultos sin imponer ninguno. Si tuviera que resumirlo: exactamente lo contrario de lo que hay hoy en España.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Músico.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Nunca aprendí a hablar por teléfono, y mis amigos me lo reprochan.
¿Y sus virtudes?
Cualquiera sea la circunstancia, siempre afirmo que no soy dogmático.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
“… the ploughman may/ Have heard the splash”: Auden: “Musée des Beaux Arts”.
T. M.

jueves, 24 de mayo de 2018

Philip Roth: Del suplicio de Claire Bloom a las citas con Jackie Kennedy


La forma en que se autodefinió Saul Bellow, en una carta de 1982, como «estadounidense, judío, novelista» podría ser la misma que la adoptada por su íntimo amigo Philip Roth; lo cual, atendiendo a sus respectivas obras, y siguiendo con Bellow, nos lleva a pensar que «un novelista que no es contemporáneo no puede ser nada en absoluto». Roth cumplió a rajatabla ese precepto. Su amigo le dijo una y otra vez que era «muy bueno» tras leer su primer libro, “Goodbye Columbus” (1959), y toda una vida después, aún le seguiría piropeando; por ejemplo, cuando recibió en 1998 “Me casé con un comunista”, le escribió: «Es una delicia leer uno de tus manuscritos». 

Dos almas afines que, por encima de todo, comparten la sensación de que la vocación de escribir es irrefrenable. Por algo le dijo Bellow a Roth por carta, en 1969, que lo único que permanece es el «amor ingenuo y probablemente infantil por la literatura». Amor por el arte, que convivió con el de las mujeres, de manera harto controvertida. A este respecto, en “Roth desencadenado” (2016), Claudia Roth Pierpont recorrió cada etapa del escritor, comentando la relación entre sus problemas personales y el carácter de sus personajes y abordando, muy particularmente, asuntos espinosos como el hecho de que se psicoanalizó para superar sus traumas matrimoniales.

Su primera mujer –Maggie, divorciada y con dos hijos de los que no tenía la custodia– le mentiría al decirle que estaba embarazada y se intentaría suicidar, y al cabo se separaría de ella (tiempo después moriría en un accidente de coche). Luego tendría unas pocas citas con Jackie Kennedy y se relacionaría con la adinerada Ann, “uno de los grandes amores de su vida”, con la que rompió por la profunda decepción que arrastraba con su anterior matrimonio. Vendría entonces la joven y talentosa estudiante de historia de las religiones Barbara, etc. Estas mujeres –todas bellísimas– se convertirán en personajes en sus novelas, pero ninguna le traería tantos quebraderos de cabeza que Claire Bloom, la actriz inglesa de la que se enamoró viéndola en la película de Chaplin “Candilejas” y con la que pasaría una etapa personal muy complicada, sufriendo “una depresión suicida” que lo llevaría a ser ingresado en 1993 en una clínica psiquiátrica.

Bloom padeció esa situación y otras muchas, que puso en negro sobre blanco mediante su libro “Adiós a una casa de muñecas”. Roth vivirá con ella en Connecticut y más tarde en Londres, intentará ser una especie de padrastro para la hija de ella, pero todo estallará de la peor manera tras diecisiete años juntos. Hasta el punto de que Bloom, que también tuvo sonados romances con Richard Burton, Lawrence Olivier o Yul Brynner, explicó que Roth le exigió al separarse «que le devolviera todo cuanto me había proporcionado durante nuestros años de vida en común»; una lista que incluía objetos y curiosos cálculos, como un anillo de oro, unos 140.000 dólares, un espejo, un calefactor portátil, libros y discos, parte del coste de su coche y de un viaje a Marrakesh y, lo más sorprendente, una multa billonaria por cierto incumplimiento del contrato matrimonial.

Publicado en La Razón, 24-V-2018

martes, 22 de mayo de 2018

Entrevista capotiana a Manuel del Barrio Donaire

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Manuel del Barrio Donaire.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Pues elegiría el planeta Tierra, así, pensando en términos astronómicos, que es como yo pienso, siempre mirando el cielo desde pequeño, sitiéndome una mierda en comparación con todo eso que está ahí fuera y que apenas vemos. Aquí en La Tierra se está bien, sobre todo dentro de unos años. Me gustaría vivir aquí dentro de 200 o 300 años, cuando los avances de la medicina curaran casi todo con un apretón de manos, cuando no se envejeciera como ahora, y pudiéramos vivir casi tanto como Noé o un elfo. Pero si me tengo que centrar en un lugar del mundo, me gustaría una zona de playa con montañas cerca y un chiringuito de madera y palmeras y bicicletas y wifi gratis y poca gente pero maja. ¿Dónde está este sitio? Si alguien lo sabe que me escriba a mdelbarriodonaire@gmail.com por favor.
¿Prefiere los animales a la gente?
No. Prefiero a la gente conviviendo en armonía con los animales, es decir, prefiero a los animales, que es lo que somos todos, unos menos que otros, por desgracia.
¿Es usted cruel?
No, nunca, al revés, en todo caso puedo hacer el mal o hacer daño por pura ignorancia o descuido o cobardía. Sobre todo cobardía. Bueno, cuando era niño era cruel, pero lo era por ignorancia, no sabía que torturar insectos era una putada para los insectos, me arrepiento de ello, ahora, cuando salgo a correr, tengo mucho cuidado y doy saltitos para no pisar hormigas.
¿Tiene muchos amigos?
No. Pero es por mi culpa. Los echo fuera de mi vida. No a los amigos, sino a las personas susceptibles de ser amigos míos. No sé por qué, será que no me fío. Conozco bastante gente, necesito sentirme querido, pero me da miedo que me hagan daño y de forma inconsciente pongo distancia. Cuando alguien se muestra abierto y cercano de forma natural me parece artificial y no alimento eso, pero sé que es un error. Por suerte, los poquísimos amigos que tengo, ya me quieren con mis cosas y yo a ellos, nos vemos poco, menos de lo que me gustaría, pero la mayoría (3) tienen hijos y están casados y ya no es lo mismo. Pero bueno, yo también soy muy dejado. Por eso dejo dicho aquí que me gustaría tener más amigos de verdad. ¿Algún voluntario? Mi dirección de e-mail está más arriba.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sepan escuchar y que sepan hablar después de haber escuchado. Básicamente eso. Ahora, puestos a jugar a pedir cosas, pues que les guste dar abrazos, que jueguen a videojuegos, que jueguen al baloncesto, que les guste conducir y tengan una furgoneta para irnos juntos de escapada, que alguno sea dermatólogo, que sean graciosos, optimistas, inteligentes, sensibles, que también teman cosas y que también se hagan líos, sólo así podremos entendernos. Ah, y que alguno de ellos sea virgo, me llevo genial con los virgo. pero bueno, en realidad, con que me quieran como soy y sean sinceros y hagan por quedar de vez en cuando, ya me vale. Y los que tengo, los poquísimos que tengo y que me sobran dedos de una mano, son así. Gracias amigos. Os quiero.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. Y creo que es porque les pido a ellos lo mismo que me pido a mí, y a mí no me pido mucho, entiendo mis limitaciones y mis comeduras de tarro así que entiendo las suyas. Si un amigo, su uno de mis mejores amigos, falta a la presentación de esta, mi primera novela, no me decepcionará, porque entiendo que hay otras cosas en la vida más importantes que la novela de un amigo, como por ejemplo que se te muera un familiar o tengas un accidente de coche. Cuando tengo un problema gordo, gordo, llamo a mis padres, pero las pocas veces que de verdad de verdad he necesitado algo de un amigo, pero de verdad, no un pequeño favor de mierda como que te vacíen el buzón de casa durante tus vacaciones, sino problemas de verdad, como que te ayuden a reformar la casa o a cambiarle un foco al coche, entonces sí, entonces están ahí. Gracias Arturo. O cuando te ha dejado la novia a quien amabas, entonces están ahí. Gracias Juan. O cuando no entiendes que mierdas haces en el mundo, qué sentido tiene tu vida, entonces sí. Gracias Maxi, gracias David. Y gracias a los que no nombro, pero ellos saben que también lo son y hay que ir abreviando.
¿Es usted una persona sincera? 
No. Aunque la gente cree que sí lo soy. A ver, en general digo las cosas como las siento y no me gusta ser falso, de hecho creo que soy muchísimo más sincero que el 90% de la población mundial, pero eso no quiere decir que sea sincero. No me gusta el conflicto, y a veces, con tal de evitarlo, me callo lo que pienso o siento, o digo algo que no es, como por ejemplo cuando un amigo saca un libro de poesía o una novela y me dice que lo lea y yo lo leo y me parece horrible, pero digo que es genial y todos tan contentos. Por eso, cuando un amigo lea esta novela y me diga que es genial, no lo creeré. Por suerte, los poquísimos amigos que tengo, los amigos que te decía antes, los 3 ó 4 amigos casados y con hijos, directamente no leen nada de lo que escribo, porque ya me han dejado claro varias veces que a) no les gusta o b) no lo entienden. Yo con que lo compren me conformo.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Pues preferiría no tener que ocuparlo, sino disfrutarlo, preferiría sentir que todo el tiempo es tiempo libre y que lo que haga con él es vivirlo y punto, ya sea escribiendo, ya sea dibujado, ya sea sentándome al sol en una terracita y pidiendo una Estrella Galicia, ya sea no pensando en todo eso que me da miedo y que ahora te cuento.
¿Qué le da más miedo?
La muerte. Si supiera que no voy a morir y que no voy a enfermar nunca, mi felicidad sería a prueba de bombas.  Tampoco llevo muy bien la incertidumbre.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
No creo que haya nada que me escandalice. El concepto escandalizarse me hace pensar en alguien muy muy alterado y gritando y dando golpes y llevándose las manos a la cabeza. Claro que hay muchas atrocidades que no he vivido de cerca, estoy escribiendo esto sentadito en una silla, en mi casita, escuchando música aleatoria en Spotify y dando sorbos de una taza de café con el logo de Starbucks. Mi capacidad para imaginar algo que me escandalice está muy mermada. Además, pienso que antes que escandalizarme, me quedaría paralizado ante el horror y luego me deprimiría.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Habría sido jugador profesional de baloncesto, carpintero, mecánico, diseñador gráfico, decorador de interiores, albañil, o camarero en un chiringuito de madera en una playa con montañas cerca y wifi gratis y poca gente pero maja.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Baloncesto. Hace poco estaba obsesionado con marcar abdominales y me tiraba todo el día haciendo ejercicios calisténicos y cuidando la dieta, pero mi cuerpo de 40 años hizo crack y decidí cambiar lo anaeróbico por lo aeróbico y la dieta por los litros de cerveza. Me veo más gordo, más blando, y me duelen las rodillas, pero ahora sudo más y mientras juego al baloncesto soy casi casi casi completamente feliz.
¿Sabe cocinar?
No, pero sé sobrevivir, así que de vez en cuando me preparo algo poco elaborado. me da pereza cocinar. Es algo creativo, hay mucha gente a la que le encanta cocinar, y lo entiendo. Yo, mientras ellos cocinan, prefiero hacer hambre jugando al baloncesto. No me importa fregar luego.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
No leo el Reader’s, pero un personaje inolvidable… iba a decir Michael Jordan, pero creo que escribiría sobre alguien desconocido, inolvidable para mí, cualquier persona con la que me cruzo por la calle, si responde sinceramente y sin tapujos a cualquier pregunta que pudiera hacerle, sería alguien inolvidable.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Más que una palabra, sería una frase, justo la que me ha dicho hoy mi médico de cabecera: “tus análisis están bien”.
¿Y la más peligrosa?
“Hay que repetirte los análisis”, por ejemplo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sí. A menudo. Cuando me llega el humo de alguien que está fumando cerca.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Aquí diría aquello que dijo Joyce: “no tengo ideas políticas, sino ideas estéticas”. Dijo esto o algo parecido, el caso, es que la política es algo sobre lo que no hablo, no opino, no entro. A mi padre esto le mata, dice que soy un inculto y que no me intereso por nada que no sea yo, que soy un egoísta. Creo que tiene razón.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
De niño, creía que uno podía ser lo que quisiera cuando fuera mayor, así que lo que yo quería era ser toro o mosca. No entendía por qué mis amigos decían que querían ser policías, bomberos y esas cosas, si uno ¡PODÍA SER LO QUE QUISIERA! Ser un toro molaba mucho, era fuerte, elegante… o mosca, las moscas tienen unos reflejos alucinantes y son rápidas y vuelan. Ahora las moscas me dan asco, y antes que ser toro, me gustaría ser inmortal, seguir siendo yo mismo, un poco más guapo y sin dolores ni alteraciones fisiológicas.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Ay… esto viene todo en la novela. Me gusta el sexo y el amor, a ser posible juntos y hasta que la muerte nos separe. También comer, beber y dormir.
¿Y sus virtudes?
Pues la creatividad sobre todo. La percepción espacial también. Inteligencia, sensibilidad, soy graciosete, educado y respetuoso con la libertad de los demás.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
La primera imagen que me vendría es la de concepto de esquema clásico, porque no sé a qué se refiere con esto la pregunta, digamos que veo una interrogación grandota. Ahora, si se supone que tengo que imaginarme las típicas imágenes que me vendrían antes de morir, como la película de mi vida, bien podría ser un resumen de esta novela pero en imágenes. Lo que está claro, es que pensaría que mi vida ha sido una mierda, porque no me he atrevido a vivir tal y como deseo, sino atrapado por el miedo y por lo que supuestamente está considerado como correcto. Tengo una llamita dentro que aún no se ha apagado, tengo la esperanza de hacerlo, vivir así, libre de verdad, en esa playa con montañas y ese chiringuito de madera con wifi gratis y poca gente pero maja.
T. M.

lunes, 21 de mayo de 2018

España sí, es diferente


Este hombre de increíble erudición, de cultura infinita –pero como la que no tiene hoy casi nadie: una cultura activa, crítica, punzante, que interpreta el pasado y lo convierte en reflexión del propio presente–, Mauricio Wiesenthal, vuelve a la acción con otro libro asombroso. Tras el mastodóntico «Rainer Maria Rilke (El vidente y lo oculto)» (2015), el escritor barcelonés de ascendencia germana propone en “La hispanibundia” un recorrido por la historia y lugares comunes de España, pero sin perder de vista el horizonte europeo en el que tanto ha ahondado en obras anteriores. 

El ensayo se ha nutrido de un largo periodo de investigación, que empezó en 1966, cuando el escritor dio unas clases de historia en la Universidad de Sevilla, a lo que se sumó su propia experiencia a ras de suelo, pues en su juventud viajó por todo el país y escribió diversos libros sobre ello, como “Imagen de España” (1973). Después de toda una vida de reflexión y estudio, así las cosas, toma cuerpo un libro que ya desde el título sorprende y que tuvo, en alguna versión previa, un lector tan insigne como Golo Mann, hijo de Thomas Mann y gran hispanista. A él y a su exilio –en cuyo tiempo y tránsito coincidió con Walter Benjamin y la primera mujer de Stefan Zweig– justamente está dedicada la introducción.

La hispanibundia vendría a caracterizar a los españoles desde muchos planos; “es la energía vibrante que produce el español al vivir, ya se crea o no español, lo acepte o no lo acepte”. Se trataría de un rasgo intrínseco: cierta “vehemencia del corazón” que se manifiesta tanto en nuestros conquistadores como en nuestros políticos, tanto en nuestros escritores como en nuestros personajes de ficción. Por algo, atravesando el ensayo, aparecen y reaparecen Cervantes y Don Quijote como ejemplos de formas implacables de mirar lo autóctono, lo que entronca con las opiniones de grandes viajeros que visitaron España y que fueron dando pábulo a tópicos que aún persisten. 

A partir del subconsciente primitivo, del lenguaje o las creaciones artísticas que conocemos, Wiesenthal enseña “cómo se forjó en la historia, en la literatura y en la leyenda el carácter que distinguió al español” en lo que es todo un festival de fina inteligencia y alta cultura. De tal modo que hablará de etimologías sobre nuestra geografía, de la honra y la corrupción, de la antigua virtud de la austeridad, de la picaresca, de la envidia, del bandolerismo, de la colonización americana, de Velázquez, de la fiesta de los toros, de la Inquisición, del nacionalismo, de la emigración, de la Leyenda Negra, de la mística, de las dos Españas en litigio… 

El libro, desde luego, también será una excusa para reivindicar la importancia de la tradición como tesoro compartido, y en concreto, la de ciertas actitudes especialmente admirables propias de América Latina. H. D. Thoreau decía que «sólo uno en un millón está lo bastante despierto para el ejercicio intelectual efectivo, sólo uno en cien millones, para una vida poética o divina». Wiesenthal –un faro en los principios de integridad e independencia, una de las escasísimas autoridades morales que tenemos entre nosotros– es ese individuo único.

Publicado en La Razón, 17-V-2018

domingo, 20 de mayo de 2018

Entrevista capotiana a Jesús Ortiz


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Jesús Ortiz.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Uno abierto y despejado. Si puedo elgir uno grande, quizá Indochina, donde no he estado y tengo curiosidad. Si la pregunta tiene un presupuesto más restrictivo, diría que una biblioteca: puede ser tan grande y abierta como Indochina, de modo que se necesitan varias vidas para explorarla, y sin embargo ocupar un edificio pequeño en cualquier parte.
¿Prefiere los animales a la gente?
No.
¿Es usted cruel?
No, y lo siento, porque me da la impresión de que ayudaría, por lo menos, a vender libros.
¿Tiene muchos amigos?
Unos cuantos, porque me he movido mucho y en todos los sitios donde estuve hice algunos que siguieron siéndolo cuando marché. Pero no demasiados, no tengo una cara amistosa ni soy especialmente simpático.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
No creo que busque nada. Los amigos los encuentro, no sé bien cómo. Lo que sí sé es las cualidades que suelen compartir: son gente poco influida por la moda, que mira a su alrededor con curiosidad y cierta profundidad.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Soler, no. Pero ocurrir, ha ocurrido.
¿Es usted una persona sincera? 
Por desgracia. Como el personaje de 'El curioso incidente del perro a medianoche', no digo mentiras, no porque sea buena persona, sino porque no puedo, por limitación personal. Creo en la utilidad de algunas mentiras, en su belleza ocasional, y lamento con Twain su decadencia.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Sobre todo, perdiéndolo. Bueno, sobre todo lo ocupo así. Otra cosa que hago, y pero esta además sí la prefiero, es buscar información sobre asuntos más bien extravagantes. Sé muchísimas cosas que no parecen ser útiles para nada. Pero como un día descubra para qué sirven…
¿Qué le da más miedo?
Que nos puedan matar desde tanta distancia.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Que la estupidez cause más daño que la maldad. Porque la maldad es parte de nuestra naturaleza, podemos aspirar a mantenerla a raya, pero no a acabar con ella. La estupidez, en cambio, parece un enemigo erradicable, como la viruela. Y sin embargo, aquí estamos.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Ejem… en realidad no soy escritor. Soy editor, una especie de lector especializado y full time que ayuda a los escritores a perfilar su trabajo. Ahora me he puesto a escribir en defensa propia nada más.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Deportes de cama.
¿Sabe cocinar?
Pues, como decía el otro, hay división de opiniones. Yo creo que sí, que maravillosamente, y los demás que no tengo ni zorra idea.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
En Androides, mi libro, hay dos artículos dedicados a un personaje: uno a Manuel Agujetas y otro a Claude Shannon. Ambos, de modo muy distinto, me parecen fascinantes.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Mañana. Cargada de mañas y de ganas.
¿Y la más peligrosa?
Quizá la misma: oyes decir «mañana» a los salvadores de patrias y de almas y se te encoge todo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Creo que sí. Estoy casi seguro, vamos. Pero me alegra no recordar a quién.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
De adolescente y joven milité en la extrema izquierda antifranquista. Para entonces había leído historia suficiente para saber que las revoluciones nunca salen adelante, se convierten en otra cosa. Pero tenía la esperanza de que la revolución sexual, la libertad de relaciones, prosperara. Me equivoqué, obviamente. Ahora no es que haya cambiado de bando, lo que pasa es que creencias no tengo. Me parece que a mi edad se puede vivir sin ellas.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Si la pregunta no tiene límites, me gustaría vivir otra vida como mujer aborigen australiana: lo más diferente de lo que ya conozco. Con pretensiones más modestas, me hubiera gustado ser músico o bailarín, dos cosas para las que soy absolutamente negado.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Me quité del tabaco hace mucho y bebo con una moderación angelical. Si entendemos la pregunta más por el lado de los defectos, diría que practico una desorganización tan rigurosa que puede hacer daño.
¿Y sus virtudes?
Ayudo a la gente que quiero.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Supongo que una cuerda a la que agarrarme; pero, para no eludir la intención de la pregunta: me consolaría pensar que mi mujer y mi hija están a salvo, me pasaría la imagen de ambas riendo. Algunos tópicos lo son por buenas razones. 
T. M.

viernes, 18 de mayo de 2018

Nietzsche, mi pobre hijo loco


En 1925, Stefan Zweig publicaba uno de sus maravillosos ensayos biográficos, psicológicos, “La lucha contra el demonio”, en que analizaba las figuras de Kleist, suicida, y Hölderlin y Nietzsche, víctimas de la locura; tres personalidades marcadas por lo que daba en llamar demoníaco, pero no desde el prisma religioso, sino como pulsión interior que arrastra y nos conduce a una especie de «caos primitivo” que habita en lo profundo del alma. El demonio, decía el autor austriaco, es nuestro elemento atormentador y convulso que nos empuja hacia todo lo peligroso, hacia el exceso, al éxtasis, incluso hacia la anulación de uno mismo; y concluía: “Todo espíritu creador cae infaliblemente en lucha con su demonio, y esa lucha es siempre épica, ardorosa y magnífica».

Una lucha que, en el caso de Nietzsche, acaba en una derrota dramática a causa de su cruenta demencia, como queda reflejado a través de unas cartas que su madre envió a un amigo del filósofo y que, con el título de “Los años de la locura”, se ha ocupado de editar M.ª Jesús Franco en lo que es un hito en la bibliografía nietzscheana, pues es la primera vez que cobran forma de libro en nuestro idioma. Se trata de una considerable cantidad de epístolas escritas por Franziska Nietzsche, de soltera Oehler y ya viuda en los años que abarca la correspondencia: 1889-1897, y que presenta un tremendo trasfondo que la traductora ha contextualizado en una introducción a la perfección. Conoceremos así la relación que se desarrolló entre Franziska y el destinatario, Franz Overbeck, considerado un pionero de la crítica teológica liberal y profesor de la Universidad de Basilea, donde había conocido a Nietzsche en 1870 y con el que incluso vivirá durante cinco años.

Esta universidad tendrá un papel central en estos documentos, pues en ellos se alude a la pensión que dan al filósofo por motivos de salud y cómo Overbeck conseguirá que se prorrogue cinco años más a partir de los dos concedidos inicialmente. Por otra parte, la misma institución sería la depositaria de la correspondencia cinco años después de fallecer el escritor, en 1900. Hasta el último momento, Overbeck consiguió retenerla, pese a que la hermana, Elisabeth Förster-Nietzsche, directora del Archivo Nietzsche, hizo lo imposible por tenerla en su poder. De hecho, Elisabeth intentaría apropiarse de la obra y la fama de su hermano para lucrarse y usarla para sus fines pronazis. Tras la muerte de Franziska, en 1897, se lo llevaría de Naumburgo a Weimar, convirtiéndole en “una pieza más de museo, sentado en un sillón o en su silla de ruedas, impasible ante la curiosidad de los visitantes, sin reconocer sus rostros y con la mirada ajena”.

La hermana nazi

El contraste con el amigo Overbeck y Elisabeth no puede ser mayor. El primero recogió a Nietzsche en Turín cuando se le manifestó un acceso de locura grave y lo ingresó en un sanatorio. La ciudad italiana, pues, sería testigo de “Los últimos días de lucidez de una mente privilegiada”, por decirlo con el título de la biografía que publicara entre nosotros Lesley Chamberlain en el año 2009. Le encantaban las vistas a los Alpes y los pórticos por donde solía pasear y entrar en salas de música y cafés, pese a que su destino era siempre una vida austera y aislada. Zweig habló de la horrenda soledad que sufrió Nietzsche, en cada lugar donde se estableció: “Siempre la misma mesa de trabajo y el mismo lecho de dolor; siempre también la misma soledad. En todos sus años de peregrinación no hay ni un solo descanso en un ambiente alegre y amable”.

Por su parte, Elisabeth no se preocupó de la salud de su hermano, en contra de lo que han asegurado algunos biógrafos, señala la traductora, y buscó negociar con su obra, que quiso proyectar como un pensamiento cercano al nacionalsocialismo. No en vano, Elisabeth se casó con un hombre antisemita y wagneriano, fundó en Paraguay una colonia germana para alejarse de los judíos en Alemania. Pero fracasa y a la vuelta a su país se concentra en manipular la obra de Nietzsche y satisfacer sus caprichos. Y mientras, Franziska se desvive por proteger a su hijo, aunque antaño tuviera ella también una tormentosa relación con él (Nietzsche llega a decir de ellas dos que son “gentuza”): pasea con él, le lee, permite que se entregue a la música –“Toca el piano con tanto sentimiento que uno se da cuenta de que él reflexiona mientras toca” (carta de 1890)–, todo lo cual va contándole a Overbeck, al que le brinda un agradecimiento tras otro. Son, en suma, páginas conmovedoras: las que se ven y las que se adivinan entre líneas en torno a una mente prodigiosa y fatalmente enferma.

Publicado en La Razón, 17-V-2018

jueves, 17 de mayo de 2018

Entrevista capotiana a Pilar Bellver


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pilar Bellver.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
La Biblioteca Nacional. Haría ejercicio corriendo por sus largos pasillos y elegiría para sentarme a leer un rincón junto a un gran ventanal que diera a la calle para ver pasar las otras vidas.
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero a las gentes-mis-gentes, porque no son tan incondicionales mías como los animales-mis-animales. Las unas me critican y así aprendo; los otros no.  Observando a los animales también se aprende, pero menos, porque se aprende más con la crítica ajena que con la observación propia.
¿Es usted cruel?
No. Y hago militancia de no serlo. Recuerdo bien las pocas veces en que lo he sido y me arrepiento muchísimo. Hay frases que se marcan como cicatrices en los demás: más vale no ser tú quien las pronuncie.
¿Tiene muchos amigos?
Amigos tengo muy pocos. Amigas tengo alguna más.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
En las amistades, las cualidades no se buscan, se encuentran.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Los meros conocidos, sí, alguna vez. Porque hay gente especialista en el arte de las dos caras. Pero mis amigas de verdad no. Sólo una amiga me decepcionó una vez, pero ella era monja y yo adolescente, así que supongo que era de esperar.
¿Es usted una persona sincera? 
Eso tienen que juzgarlo las demás. Porque una nunca sabe si dice la verdad o dice algo que le gustaría que fuera cierto. Creo que se considera que lo soy.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Viajando y leyendo. Leyendo y viajando.
¿Qué le da más miedo?
La muerte de las personas a las que quiero. Mucho miedo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Me escandaliza que el machismo siga marcando la vida de las mujeres. Y que los seres humanos mueran de hambre. Y que los pueblos no sean soberanos. Y que se esté destruyendo el planeta. Nada original. Leer las noticias es un escándalo cada mañana.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Lo necesario para comer y lo que pudiera para denunciar las opresiones.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Escribir exige silla y estarse quieta muchas horas al día. Pero sí, me gusta jugar al tenis.
¿Sabe cocinar?
Y no se me da mal, según dice la gente educada que viene a casa.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Yo rechazaría el encargo. Pero entiendo que la pregunta pretende que dé el nombre de un personaje.  Bien, pues, dado el silenciamiento histórico, escribiría sobre una mujer, no le quepa duda.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Revolución.
¿Y la más peligrosa?
Totalitarismo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Como primer impulso, nunca que yo recuerde. Pero, ojo, en segunda instancia, después de pensarlo bien, o de leer ciertos sucesos, muchas veces.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Quienes me leen lo saben. Pero, resumiendo, básicamente soy femista, atea, comunista (aunque esta palabra no se lleva y exige mucha exégesis: materialista, anticapitalista, antiracista, atiimperialista...). Y estoy procurando ser antiespecista.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
De no tener dinero: perra-flauta nómada con mochila. De tenerlo, viajera con alguna comodidad más. Pero viajera en todo caso.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Soy bastante aburrida en lo que se refiere a vicios. No bebo mucho, no me drogo, no soy promiscua...
¿Y sus virtudes?
Me niego a hablar de mis virtudes. Me parece muy feo. Incluso tenerlas.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Estoy completamente segura de que no tengo ni idea. Pero, si llegara el momento, intuyo que no serían imágenes muy significativas para mí. Porque mi cabeza va a su aire y rara vez le da importancia a las mismas cosas que yo.
T. M.