sábado, 20 de enero de 2018

Entrevista capotiana a Patricia Esteban Erlés

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Patricia Esteban Erlés.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Nueva York. En un apartamento de renta antigua cerca de Central Park, con escalinata en la entrada.
¿Prefiere los animales a la gente?
Creo que los animales son más honestos en la expresión de sus emociones que muchas personas. El filtro cultural nos provee de estrategias de ocultamiento más efectivas aún que el cambio de color de los camaleones. Pero por otro lado siempre he pensado que el hombre es un animal, un ser vivo impulsado por un alma que en ocasiones es el motor de las mejores cosas que tiene la vida.
¿Es usted cruel?
Literariamente sí. Cuando salgo de mis historias, procuro mantenerme a salvo de la crueldad porque me repugna y me asusta. Sin embargo, creo que la literatura es un mundo aparte en el que debe aparecer como pulsión, si no queremos que los personajes estén incompletos. Me gusta pensar en la crueldad como motivo literario. Ojalá no fuera tan frecuentemente un asunto estrictamente real.
¿Tiene muchos amigos?
Los que necesito. Algunos, no demasiados, porque la amistad verdadera lleva tiempo y hay que cuidarla y hacerla crecer de forma constante y silenciosa.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
La generosidad, el humor, el optimismo. Me gusta rodearme de personas que ven la vida como algo bueno que nos está pasando.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No, los que decepcionaron de forma irremediable no eran amigos. Fallar en algo, en un momento determinado, en una situación, es propio de las adorables maquinitas imperfectas que somos y así lo entiendo.
¿Es usted una persona sincera? 
En general sí. Pero me gustan algunas mentiras, la literatura lo es y sin ella la vida no resultaría tan grata.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Pensando que tengo tiempo libre, desconectándome. Derrochando una hora en un paseo sin rumbo con mis perros, en la lectura de un libro en un café, durmiendo una siesta intempestiva… Todo muy caro, como puedes ver.
¿Qué le da más miedo?
La falta de compasión, la ausencia de escrúpulos que a menudo observo en personas razonablemente normales. Me da miedo que no importe el daño que se hace cuando se difunde una foto comprometida o la tortura de alguien. Es un signo de nuestros tiempos, la banalización de las libertades, el respeto del otro, que tiene consecuencias instantáneas y a la vez permanentes.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Me escandalizan aquellos que menosprecian la cultura, la educación, el esfuerzo. Me indignan los que no aprovechan las ventajas que tiene vivir en una sociedad, la falta de inquietudes, de ambiciones personales. Me parece que la vida es una oportunidad para convertirse en alguien, para llegar a ser alguien. No pasar de la categoría ameba o ficus por propia voluntad y además presumir de ello me parece obsceno.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Ser lo que soy, una profesora feliz de entrar en clase y hablar de lengua y literatura con toda la pasión y la fe con la que a mí me hablaron algunos maestros.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Camino mucho, subo las escaleras de mi casa y procuro ir al gimnasio dos o tres veces por semana. También me tumbo muy bien en un sofá y leo hasta que aparecen las primeras agujetas.
¿Sabe cocinar?
No, claro que no. Solo se me da bien aliñar ensaladas. Tengo auténtico talento para ello.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Seguramente a Truman Capote. Nadie adjetivaba como él, nadie entendió tan bien como él que la vida es una larga entrevista. Me conmueve esa ternura con la que sabía mirar a sus personajes y que aplicaba pocas veces en la vida real. Era un mal bicho, escribía tumbado y organizaba fiestas memorables en blanco y negro.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
“Tú”. En ese pronombre están comprimidas todas las expectativas, todos los deseos que sentimos. Hacemos a un “tú” responsable directo de todos nuestros sueños. Pobrecito “tú”, tan corto y tan eterno, tan largo y a veces tan decepcionante.
¿Y la más peligrosa?
“Verdad”. Es una palabra que solemos rellenar a voluntad y en nombre de la cual se cometen auténticas atrocidades. Quien se cree su abanderado es alguien peligroso y que normalmente ignora el significado del concepto.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Constantemente. Me gusta pensar que como tengo la literatura para explayarme y no llegar a cometer una locura.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Izquierda saludable.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Una multimillonaria que pudiera dedicarse a leer y escribir y desayunar cada día en una cafetería art decó donde me conocieran los camareros y me sirvieran las tostadas tal y como me gustan.
¿Cuáles son sus vicios principales?
La vehemencia, la impaciencia. La pereza, que intento vencer a cada momento, antes de caer irremediablemente en ella.
¿Y sus virtudes?
La curiosidad, la necesidad de ver algo que merezca la pena hasta en la peor de mis catástrofes.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Un perro blanco y negro llamado Pegaso que era de mi abuelo, aquel folio en blanco que me pidió que escribiera en él algo que no fuera una redacción escolar, el agua azul llena de ochos de una piscina, aquel viaje en moto con él, la primera vez que tuve un libro mío entre las manos. Todas las veces que me he reído.

T. M.

martes, 16 de enero de 2018

Conferencia sobre Thoreau en la Fundación March


Este jueves tendré el honor de participar en el ciclo de conferencias "Fuga mundi", que ha preparado la Fundación March. Será a las 19.30 horas en su sede de Madrid. En su web también se puede leer una pequeña presentación de lo que habrán sido las intervenciones (la mía es la cuarta y última). El título que he elegido es: "H. D. Thoreau: dos años, dos meses y dos días en Walden Pond", y se podrá ver en directo por su canal de streaming

lunes, 15 de enero de 2018

Entrevista capotiana a Inés Plana

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Inés Plana.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Santander, ahí está mi pequeño paraíso.
¿Prefiere los animales a la gente?
Me gustan ambos.
¿Es usted cruel?
No recuerdo haberlo sido nunca.
¿Tiene muchos amigos?
Sí, es un regalo que me ha hecho la vida.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Cariño, lealtad y, si es posible, sentido del humor.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Los amigos de verdad  nunca  son decepcionantes.
¿Es usted una persona sincera?
Me gusta pensar que sí, que consigo serlo.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Escribiendo y viajando.
¿Qué le da más miedo?
Morir lentamente y  la muerte de las personas a las que quiero.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La injusticia y  la corrupción.
Si no hubiera decidido ser escritora, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No me imagino sin escribir, pero quizá habría sido un alma viajera.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Siempre me prometo a mí misma practicar la natación. De momento, me conformo con caminar porque vivo en la sierra de Madrid.
¿Sabe cocinar?
Sí, pero la falta de tiempo no me permite esmerarme más. Sueño con cocinar un gran plato y  homenajear con él a mi familia y amigos.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A la poeta Emily Dickinson. Me fascinan su vida solitaria y la intensidad y el tormento de sus poemas.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
¡Eureka!
¿Y la más peligrosa?
Populismo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Alguna vez, sí. Somos humanos.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Cualquier opción cabal que defienda los derechos de la mujer y los de los desheredados.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Me gustaría trabajar en proyectos solidarios que devolvieran las ganas de vivir a quienes ya habían perdido la esperanza en el futuro.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Hablar por teléfono con mis amigas un largo rato, que a los demás siempre les parece excesivo pero no a nosotras,  y  también  tumbarme en el sofá de mi casa y ver películas o series, una detrás de otra,  hasta que se me agote  el cerebro.
¿Y sus virtudes?
Dicen que soy  entusiasta, muy curranta, noble  y  empática.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Supongo que los momentos más felices que compartí con mis padres, con mi marido y con mis hermanos. Quiero pensar que en esos momentos críticos recordaría lo bueno de mi vida.

T. M.

sábado, 13 de enero de 2018

Una guillotina femenina

Dos imperios, tres monarquías, dos repúblicas, tres revoluciones, todo ello a lo largo de setenta años, hacen del siglo XIX francés una etapa de “grandes turbulencias y de inestabilidad política”. A esto se refiere Cristina Cerezales Laforet al inicio de una reciente antología en la que tradujo trece cuentos que ejemplificaban diversos estereotipos de mujer y que firmaban cinco autores señeros: Honoré de Balzac, Guy de Maupassant, Villiers de l’Isle-Adam, Émile Zola y Théophile Gautier. Una época aquella, sigue indicando la editora, en que la condición femenina sufriría “un retroceso en relación con el siglo anterior”. En aquellos relatos, se podía respirar el ambiente represivo que vivían las jóvenes, sobre todo, ante los abusos del varón despótico de turno, o las desesperanzas o caprichos de las adineradas también sometidas a una sociedad hipócrita y controladora desde tribunas siempre masculinas.

Las mujeres habían perdido el derecho a subir a la tribuna pero ganado el de subir a la guillotina, dijo en 1791 una escritora, Olimpia de Gouges, y en efecto “el siglo XVIII había anulado a la mujer como fuerza política (…) En París –en menos de quince meses–, de abril de 1793 a julio de 1794, la guillotina abatió 374 cabezas de mujer”, corrobora Mario Verdaguer en “Las mujeres de la Revolución”, un trabajo que vio la luz en 1932 y que repasa las vidas de un buen número de féminas valientes, desdichadas o maltratadas a partir de una curiosa y atinada clasificación: las amorosas, las criollas, las literatas, las neuróticas, las víctimas, las esposas o las prostitutas. Todo un abanico de trayectorias apasionantes que no se limita a ser un recorrido histórico de datos y hechos, sino que, de la mano de Verdaguer, constituye todo un despliegue estilístico que, podríamos describirlo así, es hijo del psicologismo fervoroso y la elegancia poética a la hora de biografiar grandes personalidades de Stefan Zweig, del que por cierto el propio autor mallorquín tradujo un par de libros.

Un balear europeísta

Nacido en el seno de una familia culta, de profesores universitarios, políticos y médicos, Mario Verdaguer es una de nuestras más interesantes figuras intelectuales pero también, inexplicablemente, más olvidadas. Calambur ha tenido el acierto de recuperar, el año pasado, dos de sus trabajos históricos sobre un mismo personaje: “Rasputín. El dominador de mujeres” y “Rasputín. La tenebrosa secta de los Khlyst”, en la línea de otros rescates estupendos, como el libro de Ricardo Baeza “Ensayo y crítica literaria”, otro escritor demasiado apartado pero de una grandeza extraordinaria. En el caso de Verdaguer, estamos ante un hombre del todo polifacético, que estudiará Derecho y Bellas Artes en Palma y publicará su primer y único libro de poesía en 1908; a ello le seguirán varias novelas y diversos empleos en la prensa balear y barcelonesa, a la vez que incursionará en todos los géneros literarios. Sin embargo, hoy en día, su recuerdo se ha limitado a la traducción que hiciera de “La montaña mágica”, de Thomas Mann, aunque también versionó “Hermann y Dorotea” de Goethe, y “Gog”, del italiano Giovanni Papini. Por otra parte, no estaría nada mal que volviera a ver la luz su obra “Un verano en Mallorca”, después de que en el año 2013 se recuperara “La ciudad desvanecida”, también sobre Palma.

Es admirable cómo Verdaguer se interesó tanto y tan bien por asuntos locales y por aquellos de trasfondo europeo e histórico desde diversos enfoques. Con este “Las mujeres de la Revolución”, hacía una contribución magnífica para entender cómo, tras aquellos días de revueltas y grandes vaivenes políticos, “parecía que la mujer había adivinado que iba a tener que representar un primer papel en la era revolucionaria”: la mujer formada en el estudio y las mujeres “del pueblo que comenzaban a respirar en una atmósfera nueva y a romper los respetos de una sociedad ancestral”. Y en verdad, en este libro, hay de todas las clases. Vemos a la vengativa Carlota Corday en su enfebrecido deseo de matar al anarquista Marat y cómo muere guillotinada. El mismo destino que les esperaría a la bellísima de diecisiete años Emilia de Saint-Amaranthe, que rechazó las seducciones de Robespierre, a la dramaturga Gouges, ansiosa siempre por atacar verbalmente a este hombre que instauró el régimen del Terror, o a Isabel Capeto, hermana del rey Luis XVI.

Otros destinos aciagos, en el exilio, la miseria o la soledad más absolutas estarán en el camino del resto de mujeres, como la princesa María Adelaida de la Rochefoucauld, la mediocre escritora Julia Candielle, u otra que se creía vidente –e hizo creer a la policía que sus predicciones en efecto se cumplían, por lo cual fue encarcelada en la Bastilla–, Catalina Theot. Y sobre todo la historia más novelesca y formidable: la de la criolla María Gabriela Chambon con sus intentos de pacificar toda aquella situación de extrema violencia y odio. De modo que, tras la lectura del libro, no extrañe que asintamos ante las palabras de Verdaguer en el prólogo: “La mujer, por instinto y por fe, fue el alma de la Revolución que debía transformar para siempre las sociedades del mundo, y darle un nuevo sentido y una nueva realidad”.


Publicado en La Razón, 4-I-2018

viernes, 12 de enero de 2018

Entrevista capotiana a Javier Pérez Barricarte

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Javier Pérez Barricarte.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
El mundo. No vayas a pensar que es una respuesta demasiado grande, tómalo con sus proporciones. De todas maneras, siempre se sale de los lugares, no solo por la cabeza, ni Pessoa aguantó toda su vida en Lisboa.
¿Prefiere los animales a la gente?
¿La gente no somos animales? La verdad es que trato con muchas más personas que animales, así que soy bastante imparcial en el juicio. Yo diría que las personas me han dado más, por ejemplo el idioma.
¿Es usted cruel?
Claro, como todo el mundo. Hay un tipo de crueldad que no podemos ver, que no tenemos delante porque la borramos para poder existir. Los ahogados en el Mediterráneo, los que han cosido tu pantalón, lo que han soportado nuestros deshechos tecnológicos. Somos nosotros, pero es una crueldad que no queremos ver como algo personal. Yo no la haría, nos decimos, pero es nosotros quien la hace.
¿Tiene muchos amigos?
No, desde luego que no. No es fácil sostener verdaderas amistades durante muchísimo tiepmo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
La verdad es que  nunca me lo he planteado. Suelo pensar que el afecto de los amigos se crea, pero si tengo que encuadrar, te lo digo. Lealtad, generosidad y que me produzcan respeto. Las tres cualidades pueden ser de cualquier tipo.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. A un amigo se le conoce, sobre todo en lo que te decepciona.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí, que es la respuesta de los mentirosos.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo. O viendo cine. O contemplando. Según me dé. Por lo general, debido a mi estado económico, paso mi tiempo libre trabajando, porque lo demás es comer, dormir y escribir.
¿Qué le da más miedo?
Tres cosas. La incoherencia. La falta de respeto por el otro (animales incluidos). El trabajo en serie.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
No sé, el escándalo es siempre banal, ¿no? Como una moda, como una obligación del grupo para decir que perteneces o que no. El escándalo es una llave que ponen los temas en común. Por eso es curioso que haya gente que viva del escándalo, son como víctimas propiciatorias: construyen a los grupos. Me cuesta mucho pertenecer a los grupos, quizá eso sea lo que me distancia del escándalo.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No he decidido ser escritor. Se me ha impuesto por azar. Si no garrabateara páginas supongo que trabajaría, como todo el mundo.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, hago ejercicios de fuerza. Calistenia, que es como hacer sentadillas y flexiones y hacer fuerza sin utilizar ni pesas ni aparatos. Además ahora estoy probando Chikung, con un profesor muy interesante.
¿Sabe cocinar?
Sí, cocinar es un arte. Me encanta. Es el camino de unión a mis amigos, a mi pareja, a mi situación. Un ahora constante que no deja de pedir adhesión.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Gengis Khan. Vamos, no lo dudaría un segundo. Si no, hay muchísimos que me interesan, pero como Temujín, pocos.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Veremos.
¿Y la más peligrosa?
Tranquilo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Pues la verdad es que no. ¿debería?
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Bueno, la verdad es que solemos considerar palabras que se han resbalado. 'Política' es una, como 'democracia' o 'libertad'. No tengo tendencias políticas, tengo convicciones vitales. No puedo pensar en situaciones sin futuro. No puedo anteponer mi código postal a cualquier otro. No tiene sentido el pan sin alma y el alma sin pan. No hay posibilidad de crecer sin alegrías y no hay alegría que dure si no creces. Se puede ayudar, uno ayuda siempre con la palabra e intentando hacerse leer. La poesía es una convicción y la escritura, su gesto.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Una turritopsis nutricula. Una medusa que se regenera y puede ser inmortal... no! Una de esas bacterias que viven del PVC en las fábricas de Japón... no, espera! Un chambelán en los prostíbulos donde tocó Mozart... nonono! El primer vaporcillo de azufre de las fosas marianas... No, este y acabo...
¿Cuáles son sus vicios principales?
Inconfesables, desde luego.
¿Y sus virtudes?
¿Mis virtudes? Están en busca y captura.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
La turritopsis nutricula...

T. M.

jueves, 11 de enero de 2018

El historiador de la vida social



En la revista Cuadernos Hispanoamericanos (número 810, diciembre 2017), acabo de publicar una larga reseña de Cuentos completos (Páginas de Espuma), de Émile Zola, con el título "El historiador de la vida social".

miércoles, 10 de enero de 2018

Entrevista capotiana a Javier Quevedo Puchal

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Javier Quevedo Puchal.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
El sofá cama de mi casa una tarde de invierno, viendo pelis de terror bajo las mantas.
¿Prefiere los animales a la gente?
Depende del animal y de la gente. Hay gente muy animal. Y animales muy gente.
¿Es usted cruel?
Me puedo reír con el humor negro.
¿Tiene muchos amigos?
Es un cliché, pero amigos, pocos. Y conocidos, muchos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sean recíprocos. La amistad de una sola dirección no tiene sentido.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Solo los que nunca lo han sido de verdad. Los amigos de verdad no decepcionan (y si lo hacen, se les perdona, y aquí no ha pasado nada).
¿Es usted una persona sincera?
Por lo general, procuro ser más diplomático que sincero. Pero si me piden sinceridad expresamente, la doy.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Depende del momento, pero por lo general con actividades muy tranquilitas.
¿Qué le da más miedo?
En otros, la crueldad y la violencia. En mí, perder mis facultades.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Cualquier injusticia con el leit motiv del dinero y el poder: que no interese frenar la corrupción de este país, que no interese frenar el cambio climático, que se eduque a los niños en la intolerancia…
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No tengo la menor idea, llevo escribiendo desde pequeño.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Menos de lo que debería. Voy al gimnasio de vez en cuando, pero no lo suficiente.
¿Sabe cocinar?
Sí, pero no todo me sale igual de bien. Tengo mis platos estrella.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Igual me ponía un poco egoísta y elegía a Angela Carter, por investigar más sobre una escritora que me encanta.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Será una cursilada, pero "amor".
¿Y la más peligrosa?
"Rencor".
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
A mí mismo, de pequeño. Pero era una fantasía boba. Creo que muchos niños fantasean con eso, a modo de venganza hacia el mundo. Se me pasó, obviamente.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Demócrata progresista.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Uno de esos monos lanudos que se pasan el día metidos en aguas termales, sin más preocupaciones.
¿Cuáles son sus vicios principales?
La comida y el sexo.
¿Y sus virtudes?
Ser buena gente, creo.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Que, por favor, aparezca alguien en la orilla.

T. M.

martes, 9 de enero de 2018

La mentira como forma de verdad

Una imagen de la película de 1953 “Vacaciones en Roma” hace de portada y metáfora de un conjunto de ensayos en torno al concepto de “posverdad” que ha recopilado Jordi Ibáñez Fanés. Es la escena en la que el personaje que encarna Gregory Peck enseña al que interpreta Audrey Hepburn la llamada “Boca de la verdad”, una gigantesca máscara de mármol dedicada al dios del mar que muerde la mano de aquel que miente. El actor ríe al bromear con la actriz, simulando que tras poner allí la mano la gran piedra se la ha tragado. Y en eso consiste la posverdad: en simulación, en tragarse falsedades mediante el autoconvencimiento de una realidad específica a partir de ciertas afirmaciones ajenas. Y en muchas otras cosas que catorce escritores han ido abordando en un momento más que oportuno.

Y es que no sólo el neologismo “post-truth” fue recogido por el “Diccionario Oxford” al tiempo que lo consideraba como palabra del año 2016, sino que estos días la RAE acaba de añadirlo en la actualización de su "Diccionario de la lengua española", como ya anunciara Darío Villanueva en un acto del inicio del curso universitario en que impartió la conferencia «Realidad, ficción, posverdad». En aquel caso, el director de la Real Academia Española se refirió a posverdad como toda información que no se fundamenta en hechos objetivos, sino que apela a lo emocional o a lo que desea recibir el público. La palabra ya había sido registrada desde hacía por lo menos una década, como dice Jordi Sánchez en la introducción del libro que ha coordinado, pero “alcanzó un pico espectacular durante los meses que precedieron al referéndum sobre la permanencia en la Unión Europea de Gran Bretaña”; todo lo cual se afianzó con la campaña de las presidenciales en los Estados Unidos y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

Con todo, no hay que irse tan lejos: “Aquí en España, y en Cataluña concretamente, llevamos más de siete años dando vueltas alrededor de un tótem en el que se mezclan posverdad, ilusionismo, sentimientos, engaño y manipulación a gogó”. Se refiere el autor al “Procés” catalán, desde luego, pero el concepto ya forma parte del vocabulario político diario dondequiera que sea. Justamente, Jordi Gràcia, en su texto “La posverdad no es mentira”, habla de “la consagración global de la palabra”, en concreto entre unas élites que han sobreactuado a este respecto, pues han sido permisivas y hasta animadoras de «formas muy peligrosas de semiverdad teledirigida. Sin embargo, la palabra es nuestro “gadget” verbal militante y a la vez consolador»; un recurso para simplificar todo en una división entre buenos y malos. 

Una ideología invisible

Gracia llama a la posverdad “patología social”, y Marta Sanz habla de otras palabras afines como amarillismo, contrainformación estatal, demonización, desinformación, media verdad...; en definitiva, se trata ya de una “ideología invisible” que, a su vez, Joaquín Estefanía relaciona con el comportamiento erróneo de los economistas, que perdieron el contacto con la realidad, creyeron demasiado en el Dios Mercado y nos inundaron la cotidianidad con sus tecnicismos con los que se convirtieron en un altavoz poderoso e influente. Porque, en suma, estamos ante un fenómeno comunicativo que, al decir de Justo Serna, ya es un signo de nuestro tiempo y que consistiría en que “no habría hechos, sólo interpretaciones”, con el ejemplo de cómo Trump usa “la falsedad como procedimiento sistemático” a partir de “fake news”.

Por su parte, Joan Subirats pondrá el acento en cómo esta estrategia comunicativa consiste en no averiguar si los políticos tienen razón o no, sino que “lo importante es que los que los escuchan crean que es cierto”; Valentí Puig comentará que “las oleadas del emocionalismo suplantan el realismo razonable y trastocan el orden de los factores desligándolos de su naturaleza factual. Relativizada la verdad, los hechos no importan”. E incluso Nora Catelli se preguntará, muy astutamente, que “si hay una posverdad, ¿qué hubo antes?”.

El lector así irá teniendo diferentes aproximaciones a la posverdad, pero tal vez acabe prefiriendo el que es a mi juicio el mejor texto del libro, el que firma Manuel Arias Maldonado, que abre y cierra brillantemente con una cita de “Lady Susan”, de Jane Austen. Partiendo del debate entre Solbes y Pizarro que versó sobre la incipiente crisis de 2008, cuando uno la negaba y el otro la señalaba, el autor acaba concluyendo, con la victoria electoral del PSOE, que “de alguna manera, los españoles eligieron creer aquello que deseaban creer”. Se pregunta entonces: ¿era esto ya la posverdad? Y cita al Humpty Dumpty de “Alicia en el País de las Maravillas” para advertir que “lo único importante es quién manda: ése es quien fija el significado de las palabras”. Ciertamente, el “quid est veritas?” formulado por Poncio Pilatos frente a Jesús de Nazaret demuestra que la pregunta por la verdad vendría de antiguo; es más, al final podremos pensar que aquello que es verdad o mentira es lo que decimos que es verdad o mentira. Pues bien, para acabarlo de redondear (o complicar), Arias Maldonado se atreve a acuñar otro término: posfactualismo, que reflejaría “con más fidelidad las tribulaciones que padece la verdad en el espacio público y digital”. ¿No es verdad?

 Publicado en La Razón, 28-XII-2017

lunes, 8 de enero de 2018

Entrevista capotiana a Agustina Bazterrica

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Agustina Bazterrica.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Viviría donde vivo. En mi casa, con mis gatos, mis libros y mi sillón Berger. Así me van a encontrar cuando venga el apocalipsis zombie.
¿Prefiere los animales a la gente?
Depende de qué animales y de qué gente. Si me decís si prefiero a una hiena a mi vecino del 8° B, prefiero a la hiena.
¿Es usted cruel?
Sí. Pero me contengo y lo vuelco todo en mis obras donde soy despiadada. Creo que si no escribiera sería una asesina serial. ¿No me creen? Lean Cadáver Exquisito.
¿Tiene muchos amigos?
Amigos de verdad: pocos. Amigos superficiales, amigotes, conocidos simpáticos: muchos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sean buenas personas. Que no se tomen la vida demasiado en serio.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Sí. Me han decepcionado y he dejado de ser amiga de amigos. La gente cambia, evoluciona o involuciona. A veces, hay que dejar ir.
¿Es usted una persona sincera? 
Soy transparente y se me nota lo que pienso. Pero también, cuando quiero, miento muy bien.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo. Mirando pelis. Junto a mi novio y a mis gatos.
¿Qué le da más miedo?
La demencia. Las cosas que reptan.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El fanatismo. La estupidez retrógrada. Las instituciones que abusan de su poder, como la Iglesia Católica.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Estudié canto lírico (porque todos tenemos épocas bizarras en la vida), pero era horrible. Quizás, artista conceptual. Agarraría un mingitorio y le pondría como título “Fuente”, ah, no, pará…
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí. Aunque soy inconstante, pero me di cuenta de que hacer ejercicio me ayuda a pensar mejor, por ende a escribir mejor. Todo cierra, incluso los pantalones.
¿Sabe cocinar?
Bueno, digamos que cocino para no vivir del delivery. Pero no arriesgaría a decir que se cocinar. Mi universo utópico sería contar con alguien que me cocine para poder seguir leyendo. ¿Algún voluntario?
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Escribiría sobre dos personas:
1. Wangari Muta Maathai: fue una mujer que nació en Kenia, en un entorno de gran pobreza que, sin embargo, logró estudiar. Fue bióloga, ecologista y activista política.  Su visión consistía en unir la ecología y el desarrollo sostenible con la democracia, los derechos humanos y el empoderamiento de las mujeres. En 2004 ganó el Premio Nobel de la Paz.
2. Eduardo Oderigo: abogado penalista argentino que fundó el equipo Los Espartanos en el penal 48 de máxima seguridad donde los presos juegan al rugby. Gracias al deporte bajó muchísimo la reincidencia al momento de salir, porque Oderiego también se ocupa de buscarles trabajos en blanco, de inculcarles valores a través del deporte y de darles un espacio de pertenencia.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Solidaridad.
¿Y la más peligrosa?
Hay muchas palabras peligrosas: egoísmo, ignorancia, necedad, abuso de poder, bomba atómica.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sí. Todos los días cuando viajo en el subte línea A.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
La tendencia a desconfiar, cuestionar. Tratar de ver qué hay detrás del discurso. No fanatizarme con nadie. Exigir que se respeten nuestros derechos.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Invisible. También un águila y una pantera. Un río.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El chocolate. La obsesión.
¿Y sus virtudes?
La gratitud. Tener en cuenta al otro y el chocolate y la obsesión.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Lo primero sería pensar qué se entiende por esquema clásico de imágenes. Después saldría de ese razonamiento porque me estoy ahogando y no tengo tiempo para los detalles ni para encorsetarme en un esquema y menos en uno clásico. Más tarde, mientras trago agua, recordaría con una sonrisa el libro “El caballero que cayó al mar” de H. C. Lewis y pensaría que lo que me está pasando es, como mínimo, irónico. Abriría la boca para largar una carcajada pero la cerraría, por el agua y porque, no sé si lo dije, me estoy ahogando. Luego me despediría de mi gente, mis gatos, mis amigos y me dejaría ir. Glu, glu, glup.

T. M.