viernes, 2 de diciembre de 2016

Contra el decano de los editores

El talento descomunal que demostró Thomas Wolfe, tanto en sus cuatro mastodónticas novelas como en las “nouvelles” que Periférica está publicando, como “Una puerta que nunca encontré” y El niño perdido, no ha sido proporcional a su posteridad. Algunos lo tildaron de tradicional y moralista, de demasiado autobiográfico, y él, de carácter hiperestésico y vehemente, quedó bajo una aureola de malditismo e incomprensión. Un solitario de dos metros que sentía una gran inseguridad en sus cualidades, tan destacadas por Faulkner, que denunció que a Wolfe “le culparan de mal gusto, torpeza, sensiblería, monotonía” cuando que se jugaba el todo por el todo siempre.

El crítico Edmund Wilson dejó claro que no entendía su éxito como autor teatral en Alemania; Scott Fitzgerald dijo que se le notaban mucho sus influencias –Whitman, Dostoievski, Nietzsche– y que no tenía «nada especial que contar», y su emoción era «barata e inadecuada». ¿Qué tendría Wolfe para despertar esta inquina? Tal vez el paternalismo que recibió de Maxwell E. Perkins, editor de Scribner’s (donde publicaban también Fitzgerald y Hemingway), tenga algo que ver. Esta relación se ve clara en “El viejo Rivers” (traducción de Juan Cárdenas), texto publicado en 1947, póstumo para Wolfe y para la persona en la que se basó, Robert Bridges, que había dirigido “Scribner’s Magazine” y llegado a tener una influencia en la cultura y la sociedad del Manhattan de la época enorme.

Perkins quería evitar que Bridges se sintiera retratado en su decadencia física, en su parte de vida frívola como habitual de clubs sociales, en su narcisismo y poder para manipular lo que publicaba si no le parecía decente. El resultado es otro artefacto perfecto de Wolfe, que por cierto llega ahora como personaje de celuloide con “El editor de libros”, que recrea su vínculo con Perkins, que se desvivió por mejorar su novela “El ángel que nos mira” (1929), reduciendo sus miles de páginas y reorganizando los capítulos. Profesionales como Perkins ya no existen, pero hubo un tiempo en que los “publishers” también eran “editors”, como en el caso de Raymond Carver y su editor Gordon Lish, que cercenó más de un cincuenta por ciento de uno de sus libros.

El viejo Rivers, “el Decano de las Letras Americanas”, que presume de su amistad con presidentes americanos, que siempre tiene algo chistoso que comentar, y que no quiere quedar mal con las nuevas generaciones de escritores, se niega a retirarse aunque quieran apartarlo de su revista. “Confusión por todas partes, perplejidad, nuevos tiempos, una nueva era en la que no habría certezas, nada firme”. Eso es lo que veía: un mundo viejo frente a otro moderno, reflejado en el rostro y maneras de alguien que no acabó de entender la novedosa literatura que se abría camino por entonces.
 Publicado en La Razón, 1-XII-2016

jueves, 1 de diciembre de 2016

Entrevista capotiana a Montserrat Rico Góngora

En 1972, Truman Capote publicó un texto original que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Montserrat Rico Góngora.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
La misma ciudad en la que vivo. Es lo suficientemente grande para sentir que quedan muchos rincones ocultos por descubrir para satisfacer mi curiosidad, y pequeña en la medida justa para no sentirme extraviada. Al fin y al cabo la parálisis de los años nos condena a ese destino: un único lugar desde el que ver el mundo.
¿Prefiere los animales a la gente?
No. No tengo animales domésticos. Prefiero a la gente, pero soy selectiva. No todas las compañías me satisfacen.
¿Es usted cruel?
Todos los seres humanos son piadosos y crueles potencialmente. Simplemente jugamos las cartas que nos reparte la vida.
¿Tiene muchos amigos?
Conocidos muchos. Los amigos se cuentan con los dedos de una mano.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
La lealtad y que puedan enseñarme valores éticos y morales de los que quizá yo carezco. No tengo ningún interés en perder el tiempo con alguien que me haga peor.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Los que me decepcionaron ya no lo son, han pasado a ser conocidos. De modo que los que conservo, de momento, no me decepcionan.
¿Es usted una persona sincera? 
Absolutamente y es algo que he pagado muy caro.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Me gusta viajar. Es un ejercicio completo para el músculo del intelecto. Cuando no me lo permite la economía o el tiempo sencillamente agradezco pasear junto a la orilla del mar.
¿Qué le da más miedo?
La soledad.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El futuro que este país, este continente o este mundo les reserva a los jóvenes. Me temo que vivirán en la misma situación de esclavitud y falta de derechos sociales a la que se enfrentaron mis abuelos. ¡Un siglo tirado a la basura de la historia!
Si no hubiera decidido ser escritora, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Siempre quise ser escritora. Lo supe cuando tenía 8 años al leer unos poemas de Machado. De no haber sido escritora me habría encantado ser maga, de esas que sacan conejos de la chistera, quizá porque la literatura también tiene algo de ilusionismo. Somos ilusionistas de la palabra.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Camino, sólo camino.  Tuve hace una década una angina de pecho y no me convienen los excesos.
¿Sabe cocinar?
Sí, y a decir de los comensales que se sientan a mi mesa lo hago muy bien. ¡Al menos apuran el plato!
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A mi abuela. Fue una mujer increíble. Ella me enseñó todas las fórmulas del “erase una vez” si saber apenas escribir, pero con una capacidad para contar historias y una lucidez extraordinaria. Supongo que el resto de egregios personajes del mundo tendrán sus admiradores para que hagan ese trabajo. Ella pasó de puntillas por la vida, de forma anónima y sólo me tiene a mí.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
La de “amor”. Nunca pierde vigencia.
¿Y la más peligrosa?
La que no se pronuncia a su debido tiempo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, pero hay muertes que no he lamentado.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Soy apolítica, pero siempre ejercí mi derecho al voto por entender que se había derramado mucha sangre inocente para obtener esa conquista. Creo más en los hombres que en los partidos. Lo que no funciona debe cambiarse sin ataduras ideológicas innecesarias.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Cualquier oficio honrado me parece un porvenir.
¿Cuáles son sus vicios principales?
No tenerlos: no fumo, no bebo, no me gusta el juego...
¿Y sus virtudes?
La sinceridad y la lealtad a mis amigos.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Casi me ahogo de verdad. No es una respuesta a esta pregunta. Me ocurrió en agosto de 1998 mientras hacía un pequeño crucero por las Pitiusas en una pequeña embarcación. Se estropeó un motor y un temporal veraniego con olas de 5 y 6 metros nos sorprendió en altamar. Pensé sólo que mis hijos eran demasiado pequeños para quedarse huérfanos y que era una pena ver el islote de Es Vedrà en una situación tan dramática. El terror me paralizó, pero no solté ni una lágrima. No sé por qué. Una experiencia que me hace pensar muchas veces en la angustia de muchos inmigrantes que encuentran la muerte en el mismo mar donde yo veraneaba.

T. M.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Ubi sunt: "Historia de la literatura utópica", de Raymond Trousson

Recupero aquí, con el lema latino ubi sunt (dónde están), una serie de reseñas que publiqué hace unos veinte años en la revista Quimera.

Los escritores utopistas fueron los precursores de la sociedad moderna. Ellos fueron los primeros en plantear la igualdad de sexos, la asistencia social, la creación de instituciones organizadas, o una ciencia sin restricciones. Ese compromiso intelectual con el entorno nació en la Grecia del siglo V a. de J.C. y se ha desarrollado, como género literario, a lo largo de toda la historia. Así pues, estamos ante un campo de extensa tradición que, como cualquier otro tópico en la literatura, ha vivido grandes variaciones. El profesor Raymond Trousson se encarga en este libro de explicar esa evolución. La investigación es sintética, pero muy densa. La utopía, concepto de gran ambigüedad semántica, es presentada en todas sus acepciones. El camino hacia su definición es complejo, pero a medida que se recorren los siglos y se explora el contenido de las obras se abre una singular manera de entender la literatura. Su perspectiva histórica, además, comporta conocimientos de sociología, política, religión y economía, lo que hace del trabajo de Trousson un completo análisis no sólo de un pensamiento concreto, sino también de los principales cambios que ha vivido la humanidad y de cómo se ha traducido eso en escrituras ficticias.

Uno de los datos más curiosos que ofrece este estudio es la inexistencia absoluta de textos utópicos en las letras españolas: sólo se alude en varias ocasiones al Inca Garcilaso de la Vega y a Lope de Vega. Las demás referencias, tanto la de los escritores utópicos como la de los estudiosos del tema, pertenecen a otros muchos países (especialmente a Francia; no en vano el clímax de la utopía alcanzó a este país en el siglo XVIII), a otros idiomas, y consecuentemente a diferentes anhelos existenciales. La culminación a todo ese progreso común, partiendo del viaje imaginario tradicional, se llamó, en el siglo XX, ciencia ficción.

martes, 29 de noviembre de 2016

Entrevista capotiana a Nerea de Carreras

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Nerea de Carreras.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
No creo que me importe tanto cuál sea ese lugar sino cómo se viva en él. Me refiero a que posiblemente estaría dispuesta a encerrarme para siempre en cualquier lugar si estuviese bien acompañada y pudiésemos vivir sin el dolor de la guerra. Temo que ésta lo cambia todo como trato de explicar en mi libro. Ya es doloroso tratar de vivir en un lugar sin guerra intentando aprender cada día cómo ser honesto y aceptando nuestras equivocaciones para rectificar como para hacerlo en la oscuridad del miedo que genera la amenaza del matar o morir. Desgraciadamente cada vez hay menos lugares así y parece que los esfuerzos de los humanos no se centran en tratar de evitar la guerra y mantener esta tierra viva con las armas que nos dan las humanidades sino en huir a otros planetas para extender la destrucción que ejercemos a diario. Para contestar a su pregunta: soy una privilegiada por lo que diré que ese lugar es en el que vivo ahora tanto físicamente como temporalmente. Lo que desearía es que todo el mundo encontrase un lugar así aquí, en esta tierra.   
¿Prefiere los animales a la gente?
A la gente, sin duda alguna, pero no a toda.
¿Es usted cruel?
Sí, mucho, pero solo conmigo misma.
¿Tiene muchos amigos?
Más de los que merezco.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
No busco cualidades en ellos, las descubro sin esfuerzo cada día y simplemente les aprecio tal como son.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No más de lo que yo debo decepcionarles a ellos.
¿Es usted una persona sincera? 
No siempre, pero cada vez más.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
En primer lugar lo dedico a averiguar la manera de conseguir que todo mi tiempo sea libre. No es fácil en nuestra sociedad capitalista pero desde luego si no se intenta es imposible. Cada vez soy más dueña de él, a pesar de las dificultades, y cuando lo hago mío lo dedico a leer, pensar, escribir y tocar el piano en compañía de mi pareja y mis hijas. También me gusta mucho dedicarlo a hablar hasta altas horas de la madrugada con mi familia y amigos hasta que se nos acaba el alcohol y nos convencemos de que hemos dado con la manera de solucionar algún problema de este mundo de locos mientras tocamos la guitarra o escuchamos música. Por cierto, ya que sale el tema: Aprovecho para agradecer a mis vecinos su comprensión pues jamás se han quejado de lo mucho que gritamos y lo mal que cantamos.  
¿Qué le da más miedo?
Que les pase algo malo e irreparable a mis hijas.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La falta de humanidad con la que somos capaces de vivir los humanos.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
En mi caso no es una pregunta hipotética. Decidí hacer de abogada. Me equivoqué pues ni me gusta ni se me da bien –aunque estudiar derecho sí me gusta, que conste-. Ahora, ante esa verdad que tanto tiempo me ha costado descubrir, estoy intentando rectificar.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Si practicar implica constancia, no. Soy esencialmente inconstante. Solía esquiar y aún me gusta pero no lo hago casi nunca.
¿Sabe cocinar?
Sí, y creo que tengo mano. Otro regalo que debo agradecer a mi madre, a mi abuela y a mis tías. El último día que cociné para mis amigos me aplaudieron al ver los platos. Uno de ellos estaba salado, el otro francamente bueno.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Isabel de Madariaga. Leonard Cohen. Federico García Lorca. Jorge Mario Bergoglio. Hay muchos y necesitaría más tiempo para pensar. Si le parece bien, ayúdeme a convencerles de que me lo encarguen y entonces lo decidimos juntos.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
El uso de la palabra como instrumento para lograr un entendimiento entre los humanos está en sí misma lleno de esperanza. Pero por decir una sin la que no creo que haya futuro para la humanidad: мир, pacem, ειρήνη, paz, pau, bakea, paix, peace, frieden, سلام, שלום, صلح,平和, 和平, 평화, शांति, د سولې, vrede, mir, béke, etc.
¿Y la más peligrosa?
No hay palabras peligrosas, el peligro es la ausencia de ellas.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, jamás y espero no quererlo nunca.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Aquellas que defiendan la libertad, igualdad de oportunidades y dignidad de todos los seres humanos desde el respeto, procuro dejarlo claro en mis libros. La política me agota y me resulta pesada. Incluso dolorosa. A veces me provoca desasosiego y tengo que apartarme de ella unos días, como si estuviese de baja por enfermedad. Pero enseguida me obligo de nuevo a informarme y participar pues creo que es mi obligación si quiero ejercer mis derechos como ciudadana. Es una cruz que hay que soportar a diario pero forma parte de quien quiera vivir en sociedad. Aunque no sé si he contestado a su pregunta...
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Llevo toda la vida siendo muchas otras cosas. Lo único que quiero ser ahora es escritora y citando al joven Climacus de Kierkegaard por fin que “pasará lo que tenga que pasar, me llevará a todo o a nada, me volverá cuerdo o loco, me lo jugaré todo, pero no abandonaré mi pensamiento”.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Tabaco, alcohol, procrastinación, por citar algunos pues tengo muchos.
¿Y sus virtudes?
No estoy capacitada para contestar esta pregunta, lo siento. Soy existencialista, insegura, indulgente con los demás pero una auténtica caníbal conmigo misma ¿me explico?
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Casi muero ahogada mientras comía un nacho. Estaba almorzando en el trabajo delante del ordenador para terminar un trabajo horrible que debía entregar. Cuando pensé que iba a morir, me vi allí muerta, con la cabeza sobre el teclado en esa oficina gris. Cuando pude respirar de nuevo, decidí que ese no era mi lugar. Y hasta el día de hoy no he parado de escribir. Ahora ya no me importaría volver a ver esa imagen siempre que en el ordenador estuviese abierto el último poema o manuscrito en el que esté trabajando. No quiero acabar sin darle las gracias. Es usted el primero que se dirige a mí como “autora” y este emocionante momento lo llevaré siempre conmigo pase lo que pase.
T. M. 

lunes, 28 de noviembre de 2016

Ubi sunt: "Sombras verdes, ballena blanca" de Ray Bradbury

Recupero aquí, con el lema latino ubi sunt (dónde están), una serie de reseñas que publiqué hace unos veinte años en la revista Quimera.

Sombras verdes, ballena blanca es un trozo de la vida de Ray Bradbury, una memoria literaturizada de su estancia en el Dublín de 1953, donde trabajó en el guión de la película Moby Dick, de John Huston. La novela –concebida primero como un libro de cuentos– es el testimonio inquietante de un hombre ante una sociedad que le sorprende continuamente: al comienzo, en pleno invierno, el protagonista se siente extraño y solo en una tierra lluviosa, en una ciudad gris, pero en ese momento comienza a descubrir, gracias a un grupo de pintorescos personajes que frecuentan una taberna, el carácter irlandés: una personalidad cínica, ingeniosa, obsesionada por el alcohol, y sobre todo, basada en la amistad y en el compañerismo. Por eso, a veces es fácil percibir un aliento de nostalgia en ese recuerdo del autor, de aquella bohemia llena de historias increíbles, de situaciones cómicas que se mezclan con descripciones de un entorno siempre verde o de un pensamiento romántico.

Bradbury, además de reflejar fielmente la geografía urbana de Dublín y de subrayar con gran precisión los valores del alma irlandesa, introduce otro testimonio interesantísimo: su relación con el director de la película, John Huston, cuyas imprevisibles acciones trastornaron los siete meses de trabajo que necesitó el escritor para adaptar la obra de Herman Melville al cine. La historia de amor-odio entre ambos recuerda mucho a una pel¡cula, Cazador blanco, corazón negro, de Clint Eastwood, que a su vez, era el reflejo de un caso paralelo: el rodaje de La reina de África pocos años antes en tierras de Kenia y del conflicto entre Huston y su guionista. Las narraciones son idénticas, pero están filtradas mediante dos lenguajes distintos, en dos lugares distintos.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Entrevista capotiana a Pedro Flores

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pedro Flores.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Ya uno vive en un solo lugar sin escapatoria, que es su cuerpo, pero viviría en un recuerdo feliz para siempre, o, aunque pueda sonar pedante, en un buen poema, hay poemas en los que se podría vivir por siempre.
¿Prefiere los animales a la gente?
No, en general no. Eso sí, prefiero un orangután, que me fascinan a mucha gente.
¿Es usted cruel?
Creo que tengo mis efímeros momentos de crueldad.
¿Tiene muchos amigos?
No, tengo muy pocos, como debe ser.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
No busco nada en ellos ni pretendo que lo busquen en mí.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Los que me han decepcionado han dejado de ser amigos. Y espero que a los que he decepcionado yo me borren de su amistad.
¿Es usted una persona sincera? 
Decía Machado que se miente por falta de imaginación, también la verdad se inventa.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Todo mi tiempo es libre, o lo procuro.
¿Qué le da más miedo?
La misma posibilidad del miedo creo que es lo preocupante.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Más que escandalizarme me enervan la impunidad de los malvados, la hipocresía generalizada y el borreguismo colectivo, la ignorancia disfrazada de democracia…
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No creo que yo lleve una vida creativa como eje central de mi existencia. Supongo que haría las cosas que hago ahora sin la presencia d ela escritura, como oficio no tengo ninguna vocación más allá de esta.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, juego al baloncesto desde que era niño. Cada vez me arrastro más penosamente. También he practicado de modo lamentable el boxeo.
¿Sabe cocinar?
Sí, se me da bien abrir las latas.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Elegiría al poeta Roque Dalton, pero no creo que entremos en la línea editorial de esa publicación, ni Dalton ni yo.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Revolución.
¿Y la más peligrosa?
Olvido.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sí, constantemente.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Soy un anarquista solitario.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
La piedra del poema de León Felipe.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Mi principal vicio es la filatelia.
¿Y sus virtudes?
Pocas y cobardes.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
La imagen de mi mujer es lo último que me ha de quedar de este mundo.

T. M.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Marcos Ana, el poeta del verso encarcelado


En homenaje a su padre Marcos, muerto en la Guerra Civil a causa de un bombardeo, y su madre Ana, que quedó destrozada al enterarse de que su hijo había sido condenado a la pena de muerte por su filiación socialista y supuestos crímenes, Fernando Macarro Castillo se rebautizó como escritor con un nombre con el que firmaría poemas como “Decidme cómo es un árbol” que empezó a concebir en la prisión donde pasaría veintitrés años, convirtiéndose en el preso político más longevo de España. Ayer murió a la edad de noventa y seis; entraría en la cárcel a los diecinueve, saldría a los cuarenta y uno, en 1961, gracias a la actividad de la recién fundada Amnistía Internacional. Había nacido en 1920, en San Vicente, Salamanca, en el seno de una familia muy humilde de jornaleros, y desde muy joven se había afiliado a las Juventudes Socialistas.

Nada pudo detenerle, cuando al estallar la guerra acudió al frente sin tener la edad mínima para que fuera plenamente aceptado, de modo que tendría que dejarlo y volver a Alcalá de Henares, donde vivía la familia, esperar lo pertinente y entonces sí acabar participando en el bando republicano, esta vez con mucha intensidad, hasta ser detenido en Alicante. Sin embargo, conseguiría escaparse, hasta que en Madrid un chivatazo lo pusiera en el punto de mira y fuera arrestado y condenado a la pena de muerte en 1941 por el asesinato de tres personas, y ser secretario de las Juventudes Socialistas Unificadas en Alcalá de Henares y jefe de un grupo de milicianos dentro del Batallón Libertad. Le esperaban la cárcel de Porlier, donde colaboró en un periódico clandestino, lo que le valió ser torturado, el penal de Ocaña, la cárcel de Alcalá y el penal de Burgos. En 1944 su pena de muerte sería conmutada por treinta años de cárcel.

Entre rejas, Marcos Ana se hizo poeta: leyó a los clásicos y consiguió que sus textos, que serían calificados como “poesía de trinchera” por parte de la crítica, llegaran al exterior para proseguir una militancia política que no flaqueaba pese al confinamiento. Llegó tan lejos su voz frente a la dictadura, que figuras de la talla de Rafael Alberti y Pablo Neruda intervinieron para ayudarle a salir de prisión, lo cual llegó mediante un decreto gubernamental según el cual todo aquel que llevara más de veinte años en prisión podía ser excarcelado. Pero de alguna manera, en libertad, Marcos Ana siguió encerrado; encerrado en los poemas con los que expresó el dolor por estar cautivo. Toda su obra da círculos alrededor de estos asuntos, como en su poema “Mi casa y mi corazón”: “Si salgo un día a la vida / mi casa no tendrá llaves: / siempre abierta, como el mar, / el sol y el aire”. O en el significativo “Mi corazón es patio”, donde afirma: “La tierra no es redonda: / es un patio cuadrado / donde los hombres giran / bajo un cielo de estaño”.

Una vez libre, el poeta eligió París para exiliarse, entregado desde el Partido Comunista a servicios de propaganda antifranquista, llegando a viajar por el resto de Europa y América Latina para apoyar a otros opositores al régimen. En el plano más personal, cabe decir que en la capital francesa conoció a Vida Sender, hija de exiliados anarquistas españoles, con quien tuvo un hijo llamado Marcos en 1963, aunque más adelante se separarían. Los años setenta fueron los de la relación estrecha con Santiago Carrillo, los del regreso a España tras la muerte de Franco en 1976. Su acción política no paraba, pero sería gracias a su biografía “Decidme cómo es un árbol. Memoria de la prisión y la vida”, cuando en 2007 volvió a renacer por enésima vez. 

Publicado en La Razón, 25-XI-2016

viernes, 25 de noviembre de 2016

Entrevista capotiana a J. M.ª Contreras Espuny

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de José María Contreras Espuny.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
La azotea de casa de mis padres. Aunque tendría que consultarlo con mi mujer.
¿Prefiere los animales a la gente?
No.
¿Es usted cruel?
A veces, y tengo enormes remordimientos que así lo atestiguan.
¿Tiene muchos amigos?
Muchos. Gracias a Dios y gracias al pueblo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que tengan la paciencia de aguantarme.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Rara vez, porque siempre me espero lo peor.
¿Es usted una persona sincera? 
Soy un mentiroso mediocre, que es casi como ser sincero.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Viendo películas de los años cincuenta.
¿Qué le da más miedo?
La muerte y el infierno.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El poder de las frases hechas.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Cirujano, por tradición familiar y para ver lo que la gente se guarda.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Jugaba mucho al fútbol hasta que, para alborozo de mis compañeros de equipo, me rompí los ligamentos de la rodilla izquierda. Me recuperé, volví y me rompí los de la derecha. Ahora soy un sedentario justificado.
¿Sabe cocinar?
Sí, macarrones con tomate y salchichas. Y si por lo que fuera me sintiera con ganas de innovar, macarrones con tomate y atún.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Al Arcipreste de Hita.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Fe.
¿Y la más peligrosa?
Literature, en inglés, por impronunciable.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. Ahora, otra cosa es desear que se muera él solito y a la mayor brevedad posible… aunque creo que tampoco.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Conservador.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Reaccionario.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El tabaco, la cerveza y dar mi opinión.
¿Y sus virtudes?
No darle demasiada importancia a mi opinión.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Algo sentimental, seguro, que en esas situaciones la cabeza se descontrola y tiende a jugar sucio.
T. M.

jueves, 24 de noviembre de 2016

En busca de la madre


Este es un Peter Ackroyd distinto al habitual, el que brilló sobremanera con obras como «Los Lamb de Londres» o “El diario de Víctor Frankenstein”, es decir, trasladando las vidas de los escritores a la ficción para mostrar el conocimiento profundo de su ciudad, a la que dedicó un millar de páginas en «Londres: una biografía». En el primer ejemplo citado, eran los hermanos Charles y Mary Lamb, autores de los «Cuentos basados en el teatro de Shakespeare», los que protagonizaban una tragicomedia deliciosa; el segundo era un excelso juego metaliterario en que aparecía el frenesí callejero londinense más los paisajes suizos para urdir una trama en torno a los autores que se reunieron en Villa Diodati en 1816: Lord Byron, los Shelley y Polidori.

Esta seña de identidad de Ackroyd de llevar la vida de los grandes poetas británicos a novelas de entretenimiento da un giro con “Tres hermanos” (traducción de Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar), historia de una familia en el Londres de mediados del siglo XX. Harry, Daniel y Sam Hanway, en uno de esos excesos de imaginación literaria que luego son una realidad increíble en los periódicos, han nacido no sólo el mismo día del mismo mes, sino a la misma hora. Aquel, desde luego, no es un Londres cualquiera, la precariedad e incertidumbre de la posguerra queda reflejada en sus ambiciones y limitaciones, así como las del padre, un hombre lacónico que apenas pasa por casa, y sobre todo por la extraña desaparición de la madre, que deja al trío tan huérfano como ante la obligación de tomar sus propias decisiones. Uno opta por el periodismo, otro se hace estudiante en Cambridge, y el tercero no sabe qué hacer.

Se desarrolla así un argumento donde lo fuerte de Ackroyd, su mirada hacia su ciudad, queda perfectamente recreada con sus calles y costumbres, pero en que el ritmo narrativo no alcanza las cotas a las que nos tiene acostumbrados, lastrado por la evolución, no siempre interesante, de los tres personajes que viven emprendiendo caminos individualistas o solitarios, y por la sombra de la madre, que se alarga cada vez más con la esperanza de un retorno imprevisto.  

Publicado en La Razón, 24-XI-2016

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Entrevista capotiana a Laura Riñón Sirera

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Laura Riñón Sirera.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Una casa en una playa tranquila, en la que hubiera una biblioteca llena de libros, un piano (para aprender a tocarlo) y que fuera una casa lo suficientemente grande para que cupieran mi familia y mis amigos… Y con muchas botellas de vino, para brindar durante el tiempo que durara ese “jamás”.
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero a las personas, pero si he de elegir entre animales y gente, me quedo con la gente, necesito poder mantener una conversación de cuando en cuando con alguien que no sea yo.
¿Es usted cruel?
Dicen que tengo mucho carácter, pero de ahí a ser inhumana… Creo que no, al menos espero no serlo.
¿Tiene muchos amigos?
Cuando doy una fiesta o celebro algo, tengo muchísimos, decenas de ellos, pero si necesito llamar a alguien de madrugada para pedir ayuda, entonces los cuento con los dedos de una mano. 
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
¿Quién soy yo para exigir? Si son mis amigos es porque me aceptan y me respetan tal y como soy, y esa es la mejor de las cualidades.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Creo recordar una ocasión…, hace mucho tiempo, pero quizá el error fuera mío al considerarlo amigo.
¿Es usted una persona sincera? 
Lo soy conmigo misma, con el resto, depende, en ocasiones es innecesario saber la verdad. Las mentiras piadosas están infravaloradas.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Dolce far niente. (En cualquier idioma.)
¿Qué le da más miedo?
Que mis seres queridos sufran y no poder hacer nada para remediarlo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Que la hipocresía haya campado a sus anchas entre nosotros y que lo hayamos normalizado.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Escribir no es una decisión, es una necesidad, así que imagino que haría lo que he hecho durante muchos años, trabajar y escribir en secreto, aunque sólo yo me leyera.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
No todo el que quisiera, a veces me olvido de que ya no tengo veinte años y las lesiones son directamente proporcionales a los años cumplidos. (Respondo esta entrevista con las muletas a mi lado.)
¿Sabe cocinar?
Creo que sí, pero deberíamos preguntarle a los que prueban mis platos.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Sólo me atrevería a escribir acerca de alguien a quien conociera muy bien, así que elegiría a mis padres, a mis hermanos, o a alguno de mis sobrinos, sí, me decanto por mis sobrinos, por lo de personajes, y por lo de inolvidables.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
¿Sólo una? Respetoamor.
¿Y la más peligrosa?
¿Sólo una? Poderenvidia.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Hace unos días, al leer una noticia de un caso de pederastia. Y hace unas semanas, al enterarme de otro asesinato en un caso de violencia de género, y cuando vi las imágenes de unos niños huyendo asustados de un bombardeo…, o cuando supe que un atentado había dejado huérfanos a unos amigos. Parece que, después de todo, sí que soy cruel. Vaya.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
¿La utopía se puede catalogar como tendencia política?
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Me ha costado mucho asumir ser quien soy, pero si no me quedara más remedio, elegiría ser una secuoya. Son elegantes y fuertes y, además, es una palabra que siempre me ha gustado.
¿Cuáles son sus vicios principales?
A parte del tabaco, el vino tinto, los libros, la música, y comprar imanes para mi nevera, no creo tener vicios.
¿Y sus virtudes?
Soy muy pasional, para lo bueno y para lo malo, claro que, pensándolo bien, esto también podría ser un defecto… Dejémoslo, lo más sensato sería responder que eso le corresponde decirlo a los que me conocen.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
¿Podríamos elegir otro supuesto?, eso de estar ahogándome me incomoda bastante… En cualquier otro supuesto, imagino que vería la película de mi vida pasar muy rápido, con banda sonora y todo, y pensaría: ¿puedo repetir?
T. M.