martes, 23 de mayo de 2017

Entrevista capotiana a Carlos Javier Cebrián

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Carlos Javier Cebrián.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Mi casa o una Biblioteca.
¿Prefiere los animales a la gente?
No.
¿Es usted cruel?
Quiero creer que no.
¿Tiene muchos amigos?
Espero que sí.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que lo sean, mis amigos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
A veces.
¿Es usted una persona sincera?
Absolutamente, por desgracia.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Siendo libre y escuchando música.
¿Qué le da más miedo?
La muerte.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La corrupción política y personal.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Jugar a Fútbol.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Chi Kung, de vez en cuando.
¿Sabe cocinar?
Casi nada.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Mozart.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Esperanza.
¿Y la más peligrosa?
Peligro.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No...
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
De izquierdas.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Músico, siempre.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El chocolate y la sinceridad.
¿Y sus virtudes?
La Honestidad, creo.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Su rostro y también, por experiencia lo sé, burbujas y la lejanía de la orilla, o la barandilla...

T. M.

lunes, 22 de mayo de 2017

Aparición de la revista "1916", con mis libros publicados en la editorial Polibea

La editorial Polibea, en la que tuve la ocasión de publicar en el 2010 Escenas de la catástrofe. Poemas y crónicas de Nueva York, lanza esta preciosa revista, 1916, que es a la vez un catálogo de los libros de poesía, prosa y traducciones que lleva publicados. Se pueden encontrar allí las maravillosas ediciones que prepararon de mis obras, La suerte del escritor viajero y Que todo en la vida es cine, además del libro del que me ocupé de prologar, Observaciones y aforismos, de José Balza.

domingo, 21 de mayo de 2017

Entrevista capotiana a Imma Turbau

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Imma Turbau.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Nueva York.
¿Prefiere los animales a la gente?
Nooooo.
¿Es usted cruel?
No.
¿Tiene muchos amigos?
Sí, por fortuna.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Bondad e inteligencia.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Cocinando, leyendo, escribiendo, paseando.
¿Qué le da más miedo?
El fanatismo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Cualquier abuso a un menor.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Lo que hago: trabajar en ámbito de la comunicación y el marketing. Es igual de creativo, pero da para vivir… ;)
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí.
¿Sabe cocinar?
Dicen que sí.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Amelia Valcárcel.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Vida.
¿Y la más peligrosa?
Pureza.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Socialdemócratas.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
No me gustaría ser una cosa… ;)
¿Cuáles son sus vicios principales?
El tabaco, que dejo y retomo. El desorden, sin propósito de enmienda.
¿Y sus virtudes?
La compasión, supongo. Y la paciencia.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Los rostros de mis hijos, de las personas que amo, de Jose. Mis rostros del tiempo.


T. M.

sábado, 20 de mayo de 2017

Libertad de creación frente al poder

Hace algo más de un año, Tzvetan Todorov publicaba “Insumisos”, donde abordaba casos a lo largo de la historia reciente en los que la falta de sometimiento a una autoridad superior destacaba como acción valerosa frente al poder establecido; en ello, no podía faltar la represión del régimen comunista en Rusia. Ahora, a sólo tres meses de su muerte, aparece “La revolución y los artistas rusos 1917-1941” (traducción de Noemí Sobregués), en un año en que se suceden los libros en torno a la Revolución rusa por la onomástica de su centenario y el comienzo de un nuevo país liderado por Lenin, al que le seguirá el dominio de Stalin a partir de 1929. A éste, como refiere Todorov, no le importará matar de hambre a millones de campesinos al reestructurar la economía agraria; a su juicio, se comportaría como un “artista” de vanguardia, que no mira al pasado al centrarse en fabricar un hombre nuevo para la sociedad.

Como en el libro anterior, aquí se hará inevitable recurrir a las biografías de escritores como Borís Pasternak, cuyo «Doctor Zhivago» no se publicaría en Rusia hasta 1988, con el cambio histórico que impulsó Gorbachov desde la perestroika y la desclasificación de papeles importantes de la extinta Unión Soviética. Esto posibilitaría que investigadores como Vitali Chentalinski, en «De los archivos literarios del KGB», pudiera constatar la tiranía del gobierno hacia los escritores que no escribían conforme lo estipulado, y explicar que, en Rusia, «la palabra ha sido tan valorada entre nosotros que por ella se ha llegado incluso al asesinato».

El enfoque de Todorov consiste en analizar a los intelectuales antes y durante la revolución y cómo vivieron todo una vez estuvieron inmersos en su estado represivo y criminal, poniendo el acento en que los artistas vanguardistas de inicios del siglo XX se consideraban a sí mismos revolucionarios. Lo cierto es que muchos autores se jugaron el pellejo, hasta perder la vida o su labor artística, y este libro será la ocasión para revisitar determinadas vidas aciagas: Mandelstam desapareció en un campo de concentración; Bábel fue fusilado; Bulgákov, marginado de modo absoluto; Tsvetáieva y Ajmátova, censuradas y viendo cómo las autoridades se ensañaban con sus parejas e hijos; Platónov vio cómo sus manuscritos eran confiscados...

Se calcula que, durante el periodo soviético, fueron detenidos unos dos mil escritores, y unos mil quinientos fueron encarcelados o llevados a campos de concentración. Todorov contextualiza cada franja histórica con su claridad expositiva habitual, y en diferentes apartados explica de forma concisa la obra que cada uno de ellos escribió, enfrentándose a menudo al poder establecido. Y además, no sólo mediante la palabra, sino con una cámara de cine, una partitura o un lienzo; de modo que Eisenstein (que apoyó la Revolución de Octubre y se alistó en el Ejército Rojo, aunque luego padeció la presión de los dirigentes), Shostakovitch (con su controvertida ópera “Lady Macbeth de Mtsensk”, que condena el periódico “Pravda” al día siguiente del estrenarse) y Malevitch (que pronto tendrá cargos de responsabilidad artística institucional) también se asoman a un libro que compendia muy bien la información sobre un periodo tan complejo como oscuro, rico hasta el infinito para el historiador.

Publicado en La Razón, 18-V-2017

viernes, 19 de mayo de 2017

Entrevista capotiana a Alejandro Simón Partal

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Alejandro Simón Partal.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Uno del que pudiera huir si me quieren matar.
¿Prefiere los animales a la gente?
Generalmente no.
¿Es usted cruel?
Evitando repuestas ingeniosas, no.
¿Tiene muchos amigos?
No.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Las más azarosas.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No.
¿Es usted una persona sincera? 
Lo intento.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Todo mi tiempo es libre.
¿Qué le da más miedo?
La apología de la ignorancia.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La actitud criminal de nuestros dirigentes con la crisis de los refugiados.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Cualquier cosa que pudiera hacer con las manos.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Muchos.
¿Sabe cocinar?
Sí.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Pedro Antón Cantero.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
La que tú quieres llenar. El deseo de vida llena la vida, escribió Cheng.
¿Y la más peligrosa?
Todas la dichas por alguien que odie.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Las humanas.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Y qué soy.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Los de cualquier vecino de los que una vez tuve.
¿Y sus virtudes?
Igual.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Qué esquema clásico, ni qué cojones.

T. M.

jueves, 18 de mayo de 2017

Una pasión sin secretismos


En su autobiografía “La madurez”, Simone de Beauvoir contó que al cumplir los cuarenta sintió que renacía al ir del brazo de un enamorado de veinte. Así, el tópico del hombre bastante mayor que su mujer, aceptado con naturalidad, se presenta muchas veces al revés, y casos entre las celebridades actuales no faltan, como la actriz Susan Sarandon, que le llevaba veintiún años a su penúltimo novio. Este tipo de diferencias amplias de edades, en la literatura, ha conllevado tanto idolatrar la figura de la mujer de edad media, desprejuiciada y libre, como resaltar su morbo erótico. En 2008, el cine lo mostró mediante la adaptación de la novela de Bernhard Schlink “El lector” (que en otros países se llamó “Una pasión secreta”), en la que una Kate Winslet de treinta y cinco años se entregaba a una fuerte relación sexual con un joven de quince. 

Una narración como esta bebía por completo, incluso en el trasfondo de política y guerra, de otra que tuvo un gran éxito en la gran pantalla, “En brazos de la mujer madura”, del narrador y dramaturgo Stephen Vizinczey (1933), basada en su novela publicada en 1965. En ella, tras una significativa dedicatoria del autor húngaro –“Este libro está dedicado a los hombres jóvenes y dedicado a las mujeres maduras; y la relación entre unos y otros es mi propuesta”–, se contaba cómo un profesor de filosofía recordaba, entre otros amores, el de una relación que el título hace inequívoca. Presentada como unas memorias, parte de la obra giraba en torno a las virtudes amatorias que puede ofrecer una mujer ajena al qué dirán; era toda una celebración de cómo el instinto carnal no entiende de edad ni de convenciones sociales, haciendo bueno lo que dijo el político y científico Benjamin Franklin: “En todos vuestros amores, debéis preferir a las mujeres mayores antes que a las jóvenes… porque poseen más conocimiento del mundo”.

Publicado en La Razón, 12-V-2017, junto al reportaje 
"En brazos de la mujer madura", sobre Macron y su mujer

miércoles, 17 de mayo de 2017

Entrevista capotiana a Abel Santos

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Abel Santos.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
El sitio donde se ama, que es la única salida de este laberinto.
¿Prefiere los animales a la gente?
Sí. Los perros me saludan por la calle; no puedo decir lo mismo de mis vecinos.
¿Es usted cruel?
Conmigo mismo sí, he cometido algunos errores insalvables y por ello soy autoexigente. Pero con los demás no soy para nada cruel, soy incluso condescendiente, aunque no apruebe su comportamiento.
¿Tiene muchos amigos?
Tengo unos cuantos y de los de verdad. Pero busco estar a solas, la mayor parte del tiempo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Creatividad. Sentido del humor. Respeto. Sensibilidad.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Quienes me decepcionaron no eran amigos, tampoco enemigos. Sólo gente mediocre que se autocompadecían de los retos que medían su fuerza, talento o moral. 
¿Es usted una persona sincera? 
Soy transparente, no tengo ningún misterio. Mi rostro no puede disimular mis emociones.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
El tiempo ya está ocupado por el tiempo. Sólo queda crear (escribir, leer, escuchar música, respirar, besar, amar) una salida para escapar a tiempo del tiempo.
¿Qué le da más miedo?
No envejecer al lado de mi mujer.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La ternura, tan ausentes en estos tiempos supuestamente liberales, pero que en realidad siguen escondiendo los sentimientos más profundos y la identidad. 
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Revisor en un tren de largo recorrido.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Soy amaxofóbico, y como no conduzco ningún vehículo, suelo caminar mucho.
¿Sabe cocinar?
No mucho. Sobrevivo.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Johnny Cash.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Tiempo. Es el dios más próximo y demostrable de la humanidad. Aunque hay cosas de las que ni al tiempo le está permitido hablar sobre los misterios de la existencia.
¿Y la más peligrosa?
Religión.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. Aunque algunos se merecen la conciencia, la muerte que causa el arrepentimiento con los ojos bien abiertos.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Ninguna. Demócrata, en todo caso. Pero como no soy materialista ni ambiciono el dinero no tengo esa política personal.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Cómico.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Después de haber sido adicto a las drogas durante 8 años ahora mismo mis únicos vicios son el tabaco, el café, la música, y la tranquilidad.
¿Y sus virtudes?
Soy un soñador al que se le han concedido importantes sueños a base de perseguirlos.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Pasarían ante mí todas las situaciones en las que elegí no dar un trago de agua.

T. M.

martes, 16 de mayo de 2017

Medardo fraile sigue contando


«No sé lo que es cuento. Un cuento me parece lo más fino y personal y lo menos manchado que puede hacer un escritor», decía el madrileño Medardo Fraile (1925) –residente desde 1967 en Escocia, donde se convirtió en catedrático de español en la Universidad de Strathclyde; muerto en Glasgow en el año 2004– en la nota que precedía su primer libro, «Cuentos con algún amor». Décadas después de aquel momento, el autor podría haber seguido afirmando tal duda sobre el género, pues no cesó de intentar vías de escritura nuevas, siempre cuestionándose, siempre con la humildad y discreción de los verdaderamente grandes. 

Con el objeto de recoger su larga y prestigiosa andadura, Páginas de Espuma publicó en el año 2004 una edición de sus cuentos a cargo de Ángel Zapata, quien, en la introducción, aseguraba que «es el primer autor español que está buscando muy conscientemente, allá por los años cincuenta del pasado siglo, una narratividad específica y diferencial del cuento». El mismo prologuista lo añadía a la lista de los Borges, Cortázar y Monterroso, aunque para el gran público era un autor bastante desconocido; de hecho, algunos estudios académicos se limitaban a citarle como dramaturgo del grupo de 1945 «Arte nuevo», que sería el primer teatro de ensayo de la posguerra, con autores como Alfonso Sastre y Alfonso Paso (cabe decir que incluso su obra “El hermano” fue trasladada a la radio y a la televisión).

Por otra parte, Zapata acertaba al considerar sus textos sobre todo como «un acontecimiento del lenguaje», destacando su «estilo puro, idiomático, imaginativo, exquisito y cordial a la vez». Fraile es justamente eso, un obrero de las palabras, un artesano de la frase corta ¿azoriniana?, en especial en sus primeros libros, llenos de una poesía casi creacionista, a mi gusto los mejores –tal vez también para José María Merino, que incluyó en «Cien años de cuentos» (Alfaguara, 1998) el melancólico «Cuento de estío»–; textos que describen la sociedad templada y débil de la posguerra que uno sólo puede proyectar en tonos grises. 

Ahora, estos “Cuentos completos”, revisados, tienen el aliciente de incorporar muchos otros textos inéditos tras la muerte del autor, además de un apéndice con reflexiones del propio Fraile sobre el género en el que destacó tanto y, por supuesto, lo que ya había aparecido con el título de “Antes del futuro imperfecto”, que recogía material desde el año 2004 al 2011. Es, pues, la edición definitiva de un Fraile que evita las tramas y los argumentos claros, autor de una narrativa que protagonizan, como apuntó José López Rueda con motivo de la aparición en Caracas de la antología «Años de aprendizaje» (2001), unos personajes que «si al principio se niegan a valorar positivamente los caminos que ofrece la sociedad, a medida que van madurando y ya inevitablemente metidos en uno de esos caminos, siguen mirándolos con escepticismo y corroborando que no valen la pena; en una palabra, haciéndose descubridores de nada». Y en efecto, Fraile observó la infinita nada que nos rodea, extrayendo de todo materia para la palabra, con ritmo lento y concentrado, con paciencia de pintor y síntesis de poeta.

Publicado en La Razón, 11-V-2017

lunes, 15 de mayo de 2017

Entrevista capotiana a Xavier Seoane

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Xavier Seoane.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Espero que esa elección tan limitada no se produzca. De ser así, vivir donde siempre he vivido, en mi ciudad, con mi gente.
¿Prefiere los animales a la gente?
A los animales lo suyo. A la gente, que es gente, lo que les corresponde. A la gente que no es gente, el trato que les corresponda.
¿Es usted cruel?
Creo que ese nunca ha sido un deporte mío.
¿Tiene muchos amigos?
Los que la vida me ha ido dando. No me quejo. Tengo un buen puñado de grandes amigos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
No busco cualidades concretas. Pero creo que la lealtad, la comprensión, la generosidad, una visión estimulante y en positivo de la vida son de agradecer. También, que no sean cenizos. La buena, variada y amena conversación es también un magnífico estimulante en la amistad.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Depende. A lo largo de la vida sí encuentras alguna decepción y, por desgracia, también, alguna dolorosa traición. Claro que quizás también nosotros hayamos decepcionado en ocasiones a nuestros amigos, aunque nunca, nunca, creo, en cuanto a mí, que los haya traicionado.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí. Y valoro la sinceridad en los demás. Pero en la vida una pequeña insinceridad, o mentira piadosa, o como le llamen, puede, si no hacer mucho bien, lo cual logra incluso en ocasiones, al menos evitar mucho dolor o mucho mal.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Me gusta leer, salir a pasear, ir de excursión o a la playa, viajar, estar con los míos. Nunca he conocido el aburrimiento. El otium clásico me fascina. Tiempo por delante y sin ocupaciones. Pero enriqueciendo el conocimiento, la mirada sobre la vida. No ese ocio alienado, impostado y consumista de hoy día.
¿Qué le da más miedo?
Nunca he sido miedoso. Pero creo que una persona que sea inconsciente de lo que suponen el paso del tiempo y la muerte, no sabe nada del mundo y de la vida. Lo que pasa que ver como se están poniendo las cosas en nuestro actual momento incivilizador, violento e involucionista, si no da literalmente miedo, al menos mueve a una alerta de negrura en el horizonte.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La desfachatez con que nuestras élites roban, mienten, manipulan, engañan, tergiversan, hacen demagogia… Y la violencia gratuita. El mal gratuito, innecesario.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
La verdad es que no lo sé. Creo que he hecho lo que me gustaba. Lo que me hubiese amargado la vida es un trabajo alienante y rutinario, como por desgracia son la mayoría, y más en esta sociedad en la que la dignidad del trabajador, frente al capitalista que lo emplea, parece haberse terminado.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, nado. Camino. He jugado al fútbol y al tenis. El deporte me atrae. Pero no me da la fiebre de los gimnasios y menos la del culturismo y la obsesión por el estado físico. Aunque lo de la mente sana en cuerpo sana me parezca una de las reflexiones  más sabias que un ser humano haya podido decir.
¿Sabe cocinar?
En mi generación no se concebía que un varón cocinase. Era cosa “de ellas”. Ese sexismo definidor de roles, profundamente discriminador para las mujeres, nos evitó a muchos posibles trabajos y molestias en su día, pero nos hurtó un ámbito decisivo en la vida.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Ni esa publicación me lo encargaría nunca, ni quizás yo nunca lo escribiría para ella. Pero un personaje inolvidable puede ser Homero, del que no sabemos nada. O Shakespeare, del que acontece algo parecido. Aunque también Groucho Marx puede ser muy atractivo.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
No lo sé. Pero todo lo que tiene que ver con amor, amar… es pura tecnología de la esperanza.
¿Y la más peligrosa?
En este momento, neoliberalismo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, pero ha habido no pocos seres que no han merecido vivir. Algunos dictadores del siglo XX no serían malos candidatos para encabezar alguna posible lista de desalmados. Listas que, por desgracia, si uno se para a pensar en la evolución histórica, no resultarían precisamente breves.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Creo que soy de eso que se llaman izquierdas. La libertad, la solidaridad, la igualdad. Y un futuro digno y libre para todos, personas y naciones, incluido también para mi país, Galicia.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Volver a nacer, para hacer lo mismo. Pero sin los errores ni las estupideces cometidas.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Ser celoso de mi tiempo, poco paciente, tener un pronto repentino…
¿Y sus virtudes?
Si ser vitalista es una virtud, quizá la posea. La comprensión. La tolerancia bien entendida.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Supongo que dependería de las circunstancias. Y de si hay tiempo para pensar, o imaginar. De tener ese tiempo, me imagino que las personas que uno ama acudirían a mi memoria. Y supongo que un gran sentimiento de pérdida y de impotencia ante la muerte, el gran enigma.
T. M.

domingo, 14 de mayo de 2017

El Gran Hermano Internet


Una visita al campus de Google, en Mountain View, cerca de la localidad californiana de Palo Alto, es un encuentro con algo que parece inofensivo, relax, ocioso, casi pensado para turistas o trabajadores que van a divertirse más que a ganarse el pan con el sudor de su ordenador. Dentro los espacios abiertos y los colores de ambiente infantil dibujan un entorno apacible, perpetuamente joven, y afuera, uno se puede encontrar con la reproducción a tamaño natural de un esqueleto de dinosaurio o las letras que componen la palabra que da nombre a la empresa para que seis personas se fotografíen formándola. Incluso en días festivos acude gente a inmortalizarse con algunos de los iconos de la empresa, como el monigote verde Android (ese que simboliza el sistema operativo para teléfonos móviles) a tamaño gigante. Una compañía todopoderosa que reina en el mundo de la información, la que ofrece y la que cualquier navegante busca, pues cada vez más todo se personaliza, como si la Red fuera conociéndonos poco a poco a medida que exploramos páginas web y hacemos clic en lo que necesitamos o nos interesa.

Ese es el punto de partida de “El filtro burbuja. Cómo la web decide lo que leemos y lo que pensamos” (traducción de Mercedes Vaquero), de Eli Pariser. Éste alude al instante en cómo, en el blog corporativo de Google, en diciembre de 2009, se anunció que “Google utilizaría 57 indicadores –desde el lugar en el que te hubieras conectado o el navegador que estuvieras utilizando hasta lo que hubieras buscado antes– para conjeturar quién eres y qué clase de páginas te gustan. Incluso si no habías iniciado ninguna sesión, personalizaría sus resultados, mostrándote las páginas en las cuales, según predecía, harías clic con más probabilidad”. Un Gran Hermano acechaba discretamente; nuestras huellas digitales a base de clic eran las migas de pan que empezábamos a dejar en el camino hacia el bosque infinito en internet. A Pariser siempre le había ilusionado la idea de que internet iba a democratizar el mundo, que conectaría a las gentes mediante una información fiable, que eso nos dotaría de poder a cada uno de nosotros. Pero su postura idealista era tan inocente como los juegos y distracciones del campus de Google.

Adiós al internet estándar

Se empezaba a instaurar así la senda de las búsquedas personalizadas para todos, en un mundo cada vez más atento al “big data” o datos masivos, a los algoritmos que indican lo que podría resultarte más adecuado. “En otras palabras, ya no existe un Google estándar”, resume Pariser, lo que implica recibir una información sesgada, o lo que es lo mismo, que la transparencia como objetivo utópico del ciberespacio desaparecía para convertir al navegante en un cliente que pensaba que tenía todo tipo de recursos de forma gratuita, cuando en realidad sí estaba pagando con su identidad, sus rasgos y preferencias. Finalmente había otro alto precio: reducirnos a “nuestras burbujas. La democracia demanda una dependencia con respecto a hechos compartidos, pero en su lugar se nos ofrecen universos paralelos separados”. Google, Facebook, Apple y Microsoft decidirán qué mostrarte o qué ocultarte, te dirigirán al camino de consumo que vean que mejor se adapta a tus hábitos en una estrategia muy simple: “Cuanta más información personalmente relevante sean capaces de ofrecer, más espacios publicitarios podrán vender y, en consecuencia, más probabilidades habrá de que compremos los productos que nos están ofreciendo”. 

Según Pariser, esta fórmula funciona, y pone como ejemplos a Amazon, que vende prediciendo lo que te puede gustar y mostrándotelo en su tienda virtual, o a Netflix, que adivina nuestras preferencias como espectadores con un margen de error mínimo. Ese es el futuro, abogan todos los especialistas, hasta el punto de que, como dice uno de los entrevistados por el autor, Google se adelantará algún día a lo que queremos escribir mientras estamos tratando de explicarnos; la prensa en línea ya adapta “sus titulares a nuestros intereses y deseos particulares”, sin ir más lejos. Influye en los vídeos que vemos en YouTube, en los blogs que visitamos, en los correos electrónicos que recibimos, etc. “Los algoritmos que orquestan la publicidad orientada están empezando a dirigir nuestra vida”, concluye Pariser, que llama a este código básico que observa las cosas que nos gustan, hasta configurar un universo de información único, «burbuja de filtros», la cual altera el modo de informarnos. El autor va desarrollando todos sus argumentos con claridad y brillantez, con muchos ejemplos actuales, sin olvidar al lector que pueda pensar que los filtros personalizados pueden ser de gran ayuda. Según sus defensores, mostrarían un mundo hecho a nuestra medida, lleno de nuestros asuntos favoritos. Pero será el lector entonces el que tendrá que meditar sobre si esto tan idílico es realmente lo deseable, o si tiene el coste de que uno se quede aislado en una burbuja que flota y vuela sobre toda la información infinita sin verla, a un paso de estallar y abrirse a otros puntos de vista con solamente un clic distinto.

Publicado en La Razón, 11-V-2017