viernes, 24 de noviembre de 2017

Entrevista capotiana a Adolfo Gilaberte

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Adolfo Gilaberte.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
En Macondo, si se tratase de un lugar imaginario. En un bosque con río, si fuera uno real.
¿Prefiere los animales a la gente?
No. Pero tampoco prefiero la gente a los animales. Creo que sin animales esto sería un lugar espantoso. Y es obvio, lo sé, pero un mundo sin todas esas personas espantosas que habitan en este, sería un lugar muchísimo más divertido y luminoso. (No podéis verla, pero mi perra Kumiko acaba de asentir con la cabeza).
¿Es usted cruel?
No. Pero si alguien lo es conmigo (o trata de serlo), o con alguna persona de las que me importan, el combate puede ser entonces terrible.
¿Tiene muchos amigos?
No lo sé. Tengo los que necesito, los que he ido acumulando, como hermosas piedras de río, a lo largo de los años.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sean personas con las que todo es posible, o imaginable, o carente de sentido pero absolutamente irremediable.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Sólo tus amigos pueden decepcionarte. De quien nada esperas, es más difícil sentirse decepcionado. Sin embargo, hay que saber lo que puedes esperar de cada persona, o qué pueden esperar ellas de ti, si las cosas están claras en ese sentido, nadie se llevará a engaño.
¿Es usted una persona sincera? 
Quizás demasiado. La verdad no es siempre la mejor alternativa.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
En dejar que pase el tiempo.
¿Qué le da más miedo?
Los monstruos que no lo parecen.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Pocas cosas. Sin embargo, creo que hemos sufrido una involución en el sentido de que lo que veinte años atrás no nos escandalizaba, ahora nos hace poner el grito en el cielo. Nos hemos vuelto unos mojigatos, ñoños y pusilánimes; lo peor de todo es que también unos hipócritas capaces de normalizar lo terrible, como la muerte de un niño refugiado en una playa, un niño que muere lejos de nuestro televisor. Eso no nos escandaliza. Ni siquiera nos roza la piel.  
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Pues otra cosa. No, ahora en serio. La vida, sin creatividad, carece de sentido.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Creo que no.
¿Sabe cocinar?
Supe. Lo fui olvidando a medida que aumentaba mi apetito voraz.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Al final todo es olvido.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
¡Taxi!
¿Y la más peligrosa?
La palabra esperanza.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Como dicen los mexicanos: Siempre sí.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Me estoy quitando de la política.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Escritor.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Todo lo que me hace bien, aunque sea malo.
¿Y sus virtudes?
No tirar la toalla, y seguir empeñado en tener cada día más virtudes.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Todas las que haya podido salvar de la desmemoria.

T. M.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Entrevista sobre "Escribir. Leer. Vivir: Goethe, Tolstói, Mann, Zweig y Kafka" en la revista "Crear en Salamanca"



Bocetos de retratos de Goethe y Kafka, obra de Nora Montesinos

En la revista digital Crear en Salamanca, se hicieron eco de la excelente entrevista promocional que me hizo Bibiana Ripol para Escribir. Leer. Vivir: Goethe, Tolstói, Mann, Zweig y Kafka (Ediciones del Subsuelo). Lo bonito es que la ilustraron muy bien, con imágenes de un servidor, de la portada del libro y de los cinco autores a los que me consagro, como se puede ver aquí: "Entrevista con Toni Montesinos sobre Goethe, Tolstói, Mann, Zweig y Kafka".

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Entrevista capotiana a Inés Mendoza

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Inés Mendoza.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
París, que contiene varios mundos, millares de libros, y una tradición variada y extensa de  prácticas eróticas.
¿Prefiere los animales a la gente?
Sería lo justo dada la monstruosa conducta que ostentamos los seres humanos, pero la verdad es que no me siento particularmente atraída por los animales.
¿Es usted cruel?
Soy vengativa, pero siempre actúo en proporción al mal que he recibido. Lo mismo me pasa con el bien.
¿Tiene muchos amigos?
Los que quiero tener, los que han surgido. La amistad, como la poesía, no es un asunto de cantidad.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Me atrae la gente con personalidad; y valoro mucho la inteligencia y el cariño. Me interesan esas tres cosas, y por ese orden. Con frecuencia también tengo con mis amigos alguna complicidad política y/o poética, aunque no es  imprescindible.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
De vez en cuándo. Como a todo el mundo, imagino.
¿Es usted una persona sincera? 
No siempre ni con todos los interlocutores. Hay mentiras que son más compasivas o benignas que una verdad. Recuerdo un relato de Quim Monzó donde una pareja es tan sincera que acaba peleándose. Como escritora, en cambio, sí que me importa sobremanera la autenticidad: busco ser auténtica cuando escribo y necesito que lo sean los autores que leo.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
¿Cuál tiempo libre? No, bromas aparte. No me gusta dividir el tiempo en “libre” y “ocupado”.  Me paso la vida intentando disfrutar lo que hago tanto como me sea posible. En fin, que soy una hedonista incorregible, sí.
¿Qué le da más miedo?
Me da tanto miedo que no lo voy a decir.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Pocas cosas, en efecto. Me escandalizan los escritores que quieren medrar. Me escandalizan las mujeres machistas y las que se fingen feministas. Me escandalizan los cómplices de sus propios opresores. Me escandaliza que tanta gente piense que lo político se aprende por ósmosis. Me escandalizan los adoradores del falo (que por cierto, no existe), los narcisos, los copiotas, los ñoños, los asexuados, y sobre todo los que odian el placer.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Juraría que no podría vivir una vida que no fuera creativa.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
El sexo.
¿Sabe cocinar?
Odio cocinar. Soy incapaz hasta de freír bien un huevo. Eso sí: me encanta comer.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
¡Uff! Tendría varios/as, pero ahora elegiría a la maestra Romelia, que me dio clases los primeros años de colegio. Era una mujer fuerte, gordita, alta, bella, masculina, y muy inteligente. Llevaba un moño y tenía una sonrisa amplia, contagiosa. Amaba los libros. Recuerdo que sus clases eran como un juego y que me trataba como a una igual. Yo tenía seis años, pero una vez me dijo “vas a ser una mujer interesante”. Le debo lo mejor de mí, seguro.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Me cae mal la palabra esperanza; es una trampa para que nos conformemos, para que no veamos algunos hilos que manejan nuestras vidas.
¿Y la más peligrosa?
Me da que la palabra más peligrosa del mundo ha sido siempre “cambio”.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
¿Tiene que ser una sola persona?
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Bollera.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Un lobo o algo que volara, no sé exactamente el qué.  
¿Cuáles son sus vicios principales?
El vino, el tabaco, los libros, el mar, las orgías, el agua en todas sus formas, decir tacos, leer, terquear, comer, estudiar…
¿Y sus virtudes?
No lo sé. A lo mejor que le pongo corazón a todo lo que hago. Que soy buena amiga (o eso creo). Soy una persona alegre y de lo más juguetona. Que procuro trabajarme la libertad. Me dicen que tengo buen carácter, aunque yo lo dudo.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Sospecho que me lamentaría de las cosas que me quedaron por hacer.

T. M.

martes, 21 de noviembre de 2017

John Ashbery y el espejo pictórico


Esto es lo que publiqué en La Razón, el 5 de septiembre pasado, tras la muerte de John Ashbery.

Era uno de los poetas más reputados y a la vez más complejos de los Estados Unidos. Se le asoció a diferentes abstracciones literarias y artísticas: a pintores como Jackson Pollock, a compositores como John Cage. Y es que sus versos eran todo un desafío intelectual y sensitivo para los críticos literarios y creadores de otros ámbitos. John Ashbery murió ayer en su casa de Hudson, en el condado de Columbia, en la ribera del río, en Nueva York, a los noventa años de edad y por causas naturales, como comunicó su marido, David Kermani, al que conoció en 1970, cuando éste tenía veintitrés años y el poeta cuarenta y dos. Había nacido en 1927 en Rochester, al norte del estado neoyorquino, y a los pocos años ya la pulsión poética llamó a su puerta, y además al mismo tiempo que la homosexual, para lo cual buscaba formas de autoconocimiento y expresión. En la adolescencia también cogió los pinceles y recibió clases, para luego graduarse en la Universidad de Harvard en 1949, donde se doctoró con una tesis sobre W. H. Auden y empezó a frecuentar a otros escritores de su generación.

Una generación estudiada de continuo por el más famoso crítico literario americano, Harold Bloom, que ha dedicado sesudos estudios a desentrañar la obra del que califica de “poeta meditabundo”, por su sesgo reflexivo en torno a conceptos como el silencio o el trascendentalismo. Por eso, Bloom, nacido sólo tres años después que su admiradísimo poeta, lo relaciona con la filosofía de la autoconfianza de R. W. Emerson, con la poesía e ímpetu visionario de Walt Whitman y, ya de forma más contemporánea, con el también estadounidense Wallace Stevens. Todo es posible apreciarlo en “Autorretrato en espejo convexo” (aparecido en 1975, obtuvo un increíble triplete al recibir el Premio Pulitzer de Poesía, el Premio Nacional del Libro y el Premio del Círculo Nacional de Críticos de Libros), en el que “Ashbery adquiere una visión en la que el arte, en vez de la naturaleza, se convierte en aquello que aprisiona el alma”, en palabras de Bloom, a partir de contemplar un cuadro del pintor del siglo XVI Parmigianino: “El alma ha de permanecer donde está, / aunque se inquiete, oyendo gotas de lluvia en el cristal, / el suspirar de las hojas de otoño azotadas por el viento, / anhelando estar libre, fuera, pero debe quedarse posando en este sitio”.

Ashbery siguió toda su vida vinculado a la cavilación pictórica desde el lenguaje poético. Antes de ese libro, en un periodo de diez años, 1955-1966, vivió en París como director de la edición europea del diario “Herald Tribune”, y algo después desempeñó tareas de crítico de “Art International” y de “Art News”, en los años sesenta. A su regreso en su país, continuó realizando la misma labor en revistas norteamericanas y se convirtió en profesor en la Universidad de Brooklyn, para luego en los ochenta enseñar lengua y literatura en Bard College, en Annandale-on-Hudson, hasta un año tan tardío como 2008, cuando decidió jubilarse. Los reconocimientos con los que le habían agasajado, como la Medalla Nacional de Humanidades entregada por el presidente Obama en 2011, siguieron llegándole a este hombre que compuso el poema experimental “Saliendo de la estación de Atocha”, publicado en 1962, en el libro “El juramento de la pista de frontón”, y al que es posible leer en nuestro idioma por medio de una docena de ediciones; entre ellas, por supuesto, su poemario cumbre, “Autorretrato…”, y también otros como “Galeones de abril”, “Diagrama de flujo”, “Una ola” o el último aparecido entre nosotros, “Pasaje techado” (2016).


Bibliografía esencial

“El juramento de la pista de frontón” (1962)
Dentro de la complejísima poética del autor este libro está considerado el más difícil; según el propio Ashbery el experimentalismo era en sí mismo hermoso.

“Tres poemas” (1972)
Libro compuesto por tres extensos poemas en prosa llamados “El nuevo espíritu”, “El sistema” y “El recital”, que se ha relacionado con J. R. Jiménez.

“Autorretrato en un espejo convexo” (1975)
Con este poemario vanguardista Ashbery se convirtió en el único escritor que recibió tres importantes galardones de Estados Unidos por una misma obra.

“Una ola” (1984)
Largos poemas en prosa en que el poeta busca nuevas vías expresivas, para poetizar asuntos eternos como el amor, la muerte y la memoria.

“Secretos chinos” (2002)
Otra de las obras que, por su atrevimiento metafórico y extravagancias visuales puede vincularse con la escritura automática y el surrealismo.

“Un país mundano” (2007)
El Ashbery más complejo sintácticamente hablando acude a estas páginas, con versos llenos de encadenamientos que se arriesgan a lo ininteligible.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Entrevista capotiana a Luis Felipe Campuzano

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Luis Felipe Campuzano.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Sanlúcar de Barrameda, buscando vistas a la desembocadura del Guadalquivir y al Coto de Doñana.
¿Prefiere los animales a la gente?
Me gustan ambos, aunque los animales nunca me molestan.
¿Es usted cruel?
Por egoísmo, no. La crueldad no aporta el más mínimo placer.
¿Tiene muchos amigos?
Los cuento con los dedos de las manos. Lo que sí tengo es infinidad de conocidos  a muchos de los cuales me gustaría desconocer. Y eso que muchos de ellos me dan abrazos y palmaditas en la espalda.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
La sencillez y la ausencia total de afectación. Y si encima tienen buen humor y son buenos conversadores, mejor que mejor.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No, si lo hicieran ya se habrían caído del cartel.
¿Es usted una persona sincera? 
Si lo fuera contestaría con un “no” a esta pregunta. Como casi todo el mundo, sincero situacional, o lo que es lo mismo, sincero siempre que la sinceridad no vaya en contra de los intereses.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
A lo que surja. Soy mucho de perderme por las calles del casco antiguo de Sevilla. A veces busco el aburrimiento sin más.
¿Qué le da más miedo?
Sin lugar a dudas, la enfermedad.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La “cara dura”. Las personas que se aprovechan de los demás. Tampoco soporto a esos “pelotas” que abundan a manojitos.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Aparte de escritor soy empresario. Me apasiona emprender nuevos negocios, hacerlos crecer y de cuando en cuando pegarme una castaña. Se aprende mucho de los fracasos.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Bastante. Me cuido una barbaridad combinando alimentación, grandes caminatas y sesiones de gimnasio. Soy de los que desconfío de aquellos que ni siquiera saben cuidar de su propio cuerpo.
¿Sabe cocinar?
Nada. Para mí la comida es placer secundario. Eso sí, adoro ir de tapas.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Por supuesto a Tintín. Nunca he visto a nadie que se le parezca ni por el forro.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
“Paz”. Como cantaba John Lennon: “Imagine all the people living life in peace”.
¿Y la más peligrosa?
Dinero. Maldito parné.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No soy consciente de haber sido nunca una especie de Doctor Jekyll.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Laissez faire, laissez passer.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Farero en zona de mar gruesa.
¿Cuáles son sus vicios principales?
La impaciencia.
¿Y sus virtudes?
La sencillez.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Un flotador.

T. M.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Piglia y su enfermedad lúcida


En un escritor o intelectual, una enfermedad degenerativa como la ELA, que provoca debilidad muscular progresiva hasta llegar a la parálisis total, aunque ello no implique perder facultades mentales, es algo tan cruel como esperanzador. Al menos, el declive no va acompañado de la pérdida mental que comporta una dolencia como el Alzheimer, que sufrió Iris Murdoch, desaparecida en 1999 a los setenta y nueve años. En su último periodo, la escritora irlandesa no reconocía a su propio marido. Lo que contrasta con lo que vivió el argentino Ricardo Piglia, que estuvo acompañado de su mujer, mano a mano en una lucha por conseguir la medicación que necesitaba incluso con procesos judiciales de por medio, y estuvo activo hasta sus momentos postreros, desde que se le diagnosticó la enfermedad en 2013.

Piglia ya es un clásico contemporáneo, uno de esos pocos narradores que reúnen simpatías casi unánimemente, admiración de público y crítica, más cuando su caso fue conmovedor y ejemplar. El autor de novelas como “Respiración artificial” (1982) o “El camino de Ida” (2013) o de otros títulos que vieron la luz en su etapa más dolorosa, como “La forma inicial”, una reunión de conferencias y conversaciones”, entró a formar parte de un protocolo para recibir un medicamento novedoso que repercutió en grandes mejorías tras dos dosis al ir recuperando algo su capacidad de movimiento. Pero se trataba de una medicina carísima, casi cien mil dólares, que empezó a pagar el propio autor hasta que determinó recurrir a los juzgados para que la empresa farmacéutica que lo producía cubriera el cien por cien de los gastos. Pero eso no ocurrió, aduciendo que estaba en fase de experimentación y que la venta en Argentina aún no era posible. Se sucedieron las manifestaciones y las excusas, pero tampoco el seguro de Piglia costeó las nuevas dosis ni otras necesidades. Una lucha que tuvo un triste y letal desenlace este pasado enero, con su sentida muerte. Meses atrás había publicado la segunda parte de sus diarios, titulada tan significativamente “Los años felices”, que recorrían la Argentina convulsa de los años 1968-1975.


Publicado en La Razón, 17-XI-2017

sábado, 18 de noviembre de 2017

Entrevista capotiana a Carmen Quintana Cocolina

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Carmen Quintana Cocolina.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Me cuesta mucho responder a esta pregunta porque me pondría muy triste si tuviera que vivir en un solo lugar sin poder salir jamás de él. Sin embargo, como tengo que responder diré Santander, por ser el lugar en el que más años he vivido y que conozco bien.
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero la gente casi siempre.
¿Es usted cruel?
No, soy bastante humana.
¿Tiene muchos amigos?
Depende de lo que consideremos “muchos” y “amigos”. Buenos amigos los puedo contar con los dedos de ambas manos y para mí ya son un montón.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que se comprometan en la relación de amistad, que sean leales y cómplices. Que sean diferentes a ti y que respeten cómo eres. Que te digan lo que quieres y lo que no quieres oír.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Me ha pasado alguna vez, pero en muy contadas ocasiones. Puede ocurrir que me hieran, pero la decepción tiene un significado más profundo para mí que agrieta la relación.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí, es la única forma en la que no me siento mal conmigo misma.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Disfruto pasando tiempo con mi familia y con mis amigos. Cuando viajo y salgo a comer, prefiero hacerlo acompañada. Cuando leo y escribo, sola, sin interrupciones.
¿Qué le da más miedo?
El miedo y el odio.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Los que se pasan el tiempo hablando por el móvil en un trayecto largo de autobús o de tren. Los que se cuelan en las filas. Los que no respetan a los demás.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Habría sido exploradora en los Polos, en el Amazonas o en los Valles Pasiegos.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, corro al aire libre y hago ejercicio en casa.
¿Sabe cocinar?
Sí, porque disfruto mucho comiendo.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A alguien por la calle al azar. Seguro que encuentro algo que lo hace inolvidable.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Mundo.
¿Y la más peligrosa?
Cielo, paraíso.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, ni siquiera a los que hablan muy alto por el móvil en el autobús.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Soy una mujer de mi tiempo que cree en el progreso social.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Una osa polar con alas.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Van cambiando. En este momento, las aceitunas rellenas de pepinillos.
¿Y sus virtudes?
Escucho, observo y guardo historias.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Es una de mis peores pesadillas junto con quemarme. Supongo que recordaría algunos momentos felices de mi infancia, después vería a mi familia, y al final imaginaría que solo estoy en un sueño del que voy a despertar.

T. M.

viernes, 17 de noviembre de 2017

El impacto de unas olas y un faro


Es objeto siempre de estudios biográficos que, lejos de resultar redundantes, se complementan, y nos van llegando sus textos dispersos: diarios, cartas, crónicas de viajes, ensayos sobre sus autores favoritos... Todo lo cual indica un interés continuo por esa mujer de prodigiosa inteligencia demente, probable lesbiana de vida heterosexual o asexual con su paciente marido, Leonard Woolf –que la consideró un genio desde que la conoció y calificó cada una de sus escrituras de obra maestra–, poeta que escribía en prosa llamada Virginia Woolf. Dada sus inseguridades, miedos y arranques nerviosos, no es de extrañar que siga despertando admiración y curiosidad, como pone de manifiesto este volumen que Gordon publicó en 1986 y que ya en nuestro siglo revisó y reeditó.

Es un libro bienvenido, pero ya tuvimos un trabajo inmejorable con «La vida por escrito. Vida de Virginia Woolf» (2015), de Irene Chikiar Bauer; ahora además acaba de aparecer «600 libros desde que te conocí» (Jus Libreros y Editores), una preciosa edición de las cartas que se enviaron Woolf y Lytton Strachey, muy bien ilustrada y con una foto de portada con los dos protagonistas. La misma del libro de Gordon, extrañamente, dándole un peso gráfico al amigo de la narradora que bien hubiera merecido Leonard, uno de los dos destinatarios (el otro sería su hermana Vanessa) de las notas de suicidio que dejó escritas el 28 de marzo de 1941, antes de ahogarse en el río Ouse a los 59 años.

Los traumas de Adeline

Gordon pone el énfasis en los traumas vividos por la pequeña Adeline Virginia Stephen, una «década de muertes [que] marcó la juventud de Virginia y la desgajó abruptamente del resto de su vida». Se refiere a las desapariciones de su madre Julia, en 1895 – fecha de su primera crisis nerviosa–, la del padre Leslie en 1904 y la del hermano Toby en 1906. Surge así según la autora una imaginación obsesionada con los muertos, que «le incitaron a hacer cosas imposibles, la condujeron a la locura, aunque, controladas, esas voces se convirtieron en el material de su ficción». Los acontecimientos desgraciados, más los presumibles abusos sexuales de su hermanastro Gerald –que han generado todo tipo de elucubraciones, ninguna concluyente–, y los antecedentes de cuadros maniaco-depresivos en su familia paterna, forman el carácter precoz de la que apodan «la Cabra», que, con nueve años, junto a Vanessa, que tanta influencia tiene en ella, crea un periódico y deleita a la familia con la lectura de sus cuentos. Gordon se introduce en la cotidianidad intelectual, creativa y social de la escritora, poniendo el peso en diversos instantes de su infancia, en familia y frente al mar, que le quedan tan grabados que luego aparecen como escenarios de «Las olas» y «Al faro». Según la biógrafa, esta obra significaría, a los 44 años, el logro de la identidad como escritora que estaba persiguiendo, al concentrarse en «dos pilares: las figuras paternales y la generación anterior». Era una Woolf en búsqueda de las fuentes de su vida que ahora recibe una nueva mirada que «rastreará su respuesta creativa a tales recuerdos».


Publicado en La Razón, 16-XI-2017

jueves, 16 de noviembre de 2017

Entrevista capotiana a Tania Padilla

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Tania Padilla.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Una cueva o una isla. Quizá una torre invertida que llegara al núcleo interno. Me gusta estar sola, o con muy poca gente. Me encanta el silencio, los espacios no-espacios que me permiten volcarme hacia dentro, vivir sin demasiado ruido.
¿Prefiere los animales a la gente?
Normalmente, sí. Lo que ellos hacen siempre está libre de juicio moral y eso da tranquilidad. Nosotros somos  más complejos (complicados) y eso es fascinante, pero a veces uno se cansa. Yo me canso. Con mucha frecuencia también me canso de mí misma. Ojalá exista la reencarnación y la próxima vez me toque ser otra cosa. Un árbol no estaría mal. O una oveja.
¿Es usted cruel?
Creo que no. Tengo carácter, y solo a veces. A pesar de mi timidez galopante, me gusta ser sociable, me siento mejor si caigo bien a la gente. Ser cruel no es inteligente desde el punto de vista de la aceptación social, así que no me interesa mucho.
¿Tiene muchos amigos?
No. Pocos y los de siempre. En general soy bastante misántropa y de entrada me cae mal casi todo el mundo, así que me esfuerzo por conservar a los amigos de siempre, los que ya pasaron mi exigente filtro en su día. Se puede decir que son amigos ya decantados.    
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Ninguna en especial. No lo sé. Que sean buenas personas, sin mal fondo, sinceros pero diplomáticos (creo que la sinceridad excesiva está sobrevalorada). Y, a ser posible, que lean, que sean creativos, que tengan ideas sobre el mundo y las personas, ideas que se puedan compartir con un café o un vino (cerveza también vale, aunque me gusta menos).
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Sí, claro, pero no se lo tengo en cuenta. Yo también los decepciono, continuamente. El secreto de la amistad duradera está en disimular mucho.
¿Es usted una persona sincera? 
A veces. Ya he dicho que también valoro mucho la diplomacia. Creo que uno tiene que ser sincero con los afectos, no con las ideas. Las ideas son cosa de cada uno y creo que conviene evitar conflictos tontos. La política y la religión son los dos grandes focos de conflictos tontos, por eso procuro frecuentarlas poco.  
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
No tengo tiempo libre. O eso me gusta a mí decir. El ocio es la cara positiva del negocio, es decir, del trabajo. Hablar de tiempo libre significa asumir que parte del tiempo de uno está ocupado. Yo simplemente hago cosas: leo, escribo, investigo (y por este trabajo último recibo un sueldo). Pero para mí todo son actividades. Lo que sí suelo tener en cuenta es que me llene lo que hago. La etiqueta de “tiempo ocupado” la dejaría solo para esas tareas que no me llenan y que he de hacer por obligación. Siempre procuro que sean las menos posibles, por eso de que la vida es breve y tal.
¿Qué le da más miedo?
La muerte. A poco que uno lo piense es lo más terrible. Ahora estás y luego no estás. Así de tonto. Es espantoso o, como mínimo, muy desconcertante.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Pues ahora mismo no se me ocurre nada. “Escandalizarse” es un verbo de gente pacata o muy conservadora. Para escandalizarse tiene uno que tener la mente estrecha o dura. Además un escritor no puede escandalizarse de las cosas: debe saber suprimir todo juicio moral. Las buenas novelas (las no panfletarias) se escriben desde más allá del bien y del mal.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Probablemente, trabajar en un vivero, o en un parque natural. Siempre me ha gustado la naturaleza (es humilde y poderosa; lo contrario que nosotros, que somos soberbios y débiles). Yo creo que habría estudiado ciencias medioambientales en vez de filología. En algún sentido habría sido mucho más feliz. Las plantas son una compañía más higiénica que los libros.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí. Voy al gimnasio casi todos los días. Hago spinning, strength y todos esos anglicismos que te llevan a machacarte por fuera. Pero también pilates y yoga. Me gusta darle al cuerpo una de cal y otra de arena.
¿Sabe cocinar?
Poco y regular. Hago risottos, ensaladas y poco más. Además, cuando cocino se me quita el hambre, lo cual es un fastidio porque a mí me gusta mucho comer. 
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Virginia Woolf. Me parece interesantísima tanto su persona como su obra. Autoraza en mil sentidos. Debería ser un modelo para toda la humanidad, exceptuando su faceta suicida, claro está.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
“Pandora”, por la caja. No lo sé. Me parece que la esperanza, lo mismo que la sinceridad, está sobrevalorada. La esperanza es la culpable de la frustración. Las cosas pocas veces salen como uno espera.
¿Y la más peligrosa?
No creo que haya palabras peligrosas. Hay acciones peligrosas, personas peligrosas. A mí las palabras siempre me han parecido bastante inofensivas, como los animales y las plantas.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Matar, matar, no. Quizá sí verlo sufrir mucho. Pero pocas veces y con capullos muy muy concretos. 
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Izquierdosas pero con escepticismo. No me interesa demasiado la política. Siempre me he sentido con ganas de votar a un partido que aún no se ha inventado. Es una sensación muy frustrante. Me parece infantil que la democracia consista en escoger entre una serie de opciones que han pensado otros. Lo mismo me pasa con las religiones: no me convence ninguna porque no las he pensado yo, porque no las siento hechas a mi medida. Para eso prefiero ir por libre. 
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Ya lo he dicho más arriba: un árbol. Aunque un árbol no es una cosa… Algo sencillo, no sé, una pinza de la ropa.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Tocarme el pelo compulsivamente, hacer horarios para todo, pensar que va a suceder una desgracia importante en el momento más impensado.
¿Y sus virtudes?
Mi educación cristiana no me permite contestar a esto sin sentirme incómoda. No lo sé. Creo que soy una persona responsable y trabajadora, disciplinada y sensible. Tampoco tengo claro que todo eso sean virtudes.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Un salvavidas, una colchoneta, una tablilla.

T. M.