miércoles, 20 de septiembre de 2017

Entrevista capotiana a Concha García

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Concha García.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Una habitación con un gran ventanal circular que diera al campo por un lado y al mar por otro.
¿Prefiere los animales a la gente?
Depende, no me gustan las ratas, no me gustan las bestias, ni las cucarachas, ni las serpientes y toda su gama.
¿Es usted cruel?
No.
¿Tiene muchos amigos?
Es imposible tener muchos amigos puesto que exige un gran cuidado cada uno de ellos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Sentido del humor, inteligencia, lealtad,  y que no sean hipócritas ni demasiado vanidosos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Esperamos mucho del otro y es mejor respetar y comprender para evitar la decepción.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
No hago distinciones, la existencia es tiempo y trato de ser consciente de ello.
¿Qué le da más miedo?
El mal. Los humanos somos los únicos que podemos destruir este planeta  y destruirnos a nosotros mismos.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Ya no me escandalizo por casi nada. Me llama la atención que algunos políticos se gasten tanto dinero en putas y mariscos. Que haya tantos futbolistas ganando esas barbaridades. Que la violencia contra las mujeres continúe ejercitándose, que se gaste tanto en material bélico, que haya quienes disfrutan matando animales bajo el eufemismo de llamarlo caza.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No decidí ser escritora, he ido siéndolo. Si realmente hubiese podido elegir –cuando puedes hacerlo eres demasiado joven y las circunstancias no te dejan– seguramente hubiese elegido ser escritora.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Camino mucho, no corro, solo paseo.
¿Sabe cocinar?
Sí, me gusta mucho, pero no salgo de mi recetario familiar. No sé hacer sushi, me encantaría.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Hace años me aconsejó el desaparecido Angel Crespo que leyese a Piotr Demiánovhich Ouspensky, esoterista ruso nacido a finales del s. XIX. Aprovecharía el encargo para investigar.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Compasión.
¿Y la más peligrosa?
Cualquiera que salga del odio y de la creencia de ser superior a otros.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. He querido que desaparecieran, como decía la canción: “ojalá pase algo que te borre de pronto”.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Educación, sanidad, sueldos dignos, políticas pensadas para la mayoría de la gente. Se parece a la izquierda,  a la izquierda no estalinista.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
¿Otra cosa? Astróloga y piloto.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El té verde y la cerveza.
¿Y sus virtudes?
La paciencia.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Creo sentiría el agua y no me daría tiempo a sentir otra cosa.

T. M.

martes, 19 de septiembre de 2017

Esa comedia blanca (en la muerte de Jerry Lewis)


Hay una escena inolvidable en la película “Lío en los grandes almacenes”, de 1963, hipnótica por su simpática genialidad, con un Jerry Lewis pulsando una máquina de escribir como si siguiera el ritmo de la pieza instrumental compuesta por Leroy Anderson en 1950 que suena de fondo. Aquel era un humor fácil de despreciar; un actor haciendo el payaso, poniendo muecas, apareciendo continuamente con cara de asombro, de susto, de vivir en el absurdo absolutamente. Y sin embargo, en los años cincuenta o sesenta ese modelo cómico funcionaba como una máquina de música y escritura perfectamente engrasada. Humor fácil de rechazar por su apariencia infantiloide, pero tan vívido, tan universal, tan entretenido. Sacaba el niño que llevábamos dentro, y deslumbraba a los niños convertidos en risueños espectadores. 

Lewis representó la antigua tradición del “slapstick” y el absurdo, de esos gags visuales que marcaron una época en el cine mudo y cuyo legado podía verse en películas protagonizadas por el comediante como “El botones”, tan deudora de Chaplin. Qué época dorada aquella, que vio a otros actores de vis cómica maravillosa, como el Peter Sellers de “El guateque”, desternillante en su torpeza e ingenuidad, o el Danny Kaye que, como encantador musicólogo que se enamora de la pareja de un gánster o se convierte en boxeador que baila tontamente frente a su contrincante, despertaba tanta hilaridad como ternura. Ese era el sempiterno territorio cómico de Jerry Lewis, el de todas las edades, el que se ha extendido desde aquella comedia blanca y se aprecia en las nuevas generaciones: en el histrionismo de Jim Carrey o en los cariacontecidos rostros propios de un hombre convencional, algo desconcertado y resignado, de los films de Adam Sandler o Will Ferrel.

Ese tipo de comedia también era, no lo olvidemos, una manera de decirnos que la vida es una fiesta, o un chiste continuo, que no cabe tomarse nada en serio. E incluso dejaba entrever cierta moralidad: “El profesor chiflado” no sólo era la versión de un señor Jekyll y doctor Hyde que en realidad constituía una manera de decirle al espectador que todos tenemos al seductor y al tímido dentro, sino que sugería que la belleza y el culto a la imagen eran imposturas; que el profesor que se tomaba un brebaje y de repente era un atractivo conquistador podía convertirse en un farsante si le daba la espalda a lo auténtico, a la bondad honesta, a la pura humanidad.

Publicado en La Razón, 21-VIII-2017

lunes, 18 de septiembre de 2017

Entrevista capotiana a José A. Ramírez Lozano

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la «entrevista capotiana» con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de José A. Ramírez Lozano.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? 
Sevilla.
¿Prefiere los animales a la gente?
A la gente.
¿Es usted cruel?
Con los insectos.
¿Tiene muchos amigos?
Seis o siete; los de más son solo migos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Alegres, positivos, creativos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí, a mi costa.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Escribiendo o charlando.
¿Qué le da más miedo?
El dolor.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La estupidez.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Biólogo.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Caminar y darle a la lengua.
¿Sabe cocinar?
Sí, pero el tiempo de la cocina no me interesa.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Álvaro Cunqueiro.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Fortuna.
¿Y la más peligrosa?
Aguarrás.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Liberales.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Una silla, para estar siempre sentado.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El erotismo y la parranda.
¿Y sus virtudes?
La constancia capricornia y la confianza.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Las de mis hijos; sobre todo los que no tuve, que estarían tirándome de los pies.
T. M.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Un ensayo sobre Kakfa y Praga en "Clarín"

Foto tomada en un garaje en la Bonanova, Barcelona

En la última Clarín. Revista de Nueva Literatura (nº 130, julio-agosto de 2017) publico el ensayo "Kafka y Praga. Capital mágica para una religión privada".

sábado, 16 de septiembre de 2017

Entrevista capotiana a David Pérez Pol

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de David Pérez Pol.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
En esto coincido con E.T., en mi casa, sea eso donde fuere y en el sentido amplio del término… lugar lugar no hay ninguno en concreto, procuro hacer del lugar mi casa. Estoy bien donde estoy pero también lo estuve donde estuve.
¿Prefiere los animales a la gente?
El animalismo me parece obsceno y la gente un ente demasiado abstracto, por heterogéneo, como para ser apreciado o despreciado. Prefiero a las personas, sus comportamientos individuales y colectivos, sus ideas y sus actos, sus relaciones y sus interrelaciones…
¿Es usted cruel?
No, recrearse en el daño, ya sea moral o físico, me parece un desperdicio de energía propio de la frustración de un arrogante de un solo libro. Otra cosa es que el victimismo vea crueldad en cada cosa que no sea de su agrado.
¿Tiene muchos amigos?
Los justos y necesarios.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sean racionales porque las personas racionales no se quejan nunca de los demás y te enseñan a no quejarte nunca de los demás.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. Toda decepción es resultado de un espejismo, de un cálculo errado, y los errores no decepcionan, forman parte del juego.
¿Es usted una persona sincera? 
Si la sinceridad es decir siempre y en todo momento lo que se piensa, por supuesto que no; si a lo que se refiere el término es si uno es de fiar, o sea, que es cierto lo que dices que has hecho, cómo lo has hecho y porqué lo has hecho, me esfuerzo en ello… solamente cuando considero vale la pena. En ese sentido las promesas son las grandes aliadas de los vendedores de sinceridad, así que el objetivo es nunca prometer nada más allá de que lo vas a intentar, de manera que la sinceridad se pueda medir por las veces que te has comprometido a intentarlo y es demostrable que lo has intentado. La sinceridad siempre debería remitirnos al pasado, nunca al presente y aún menos al futuro.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
No sé muy bien qué es eso…
¿Qué le da más miedo?
Miedo no, pero el gran peligro es la tolerancia con los intolerantes disfrazados de tolerantes.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Reconozco que debería escandalizarme que la estupidez no escandalice, pero tampoco.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Ser escritor, artista en general, está muy sobrevalorado (sobre todo por escritores y artistas). He hecho muchas cosas en mi vida mucho más importantes y útiles que escribir… en cuanto a la creatividad, circunscribirla al ámbito artístico es una aberración, prefiero definirla como aquel esfuerzo que permite encontrar soluciones a aquellos problemas que nunca ocurrirán porque los supimos prever a tiempo, y eso aplicado a cualquier ámbito de la vida.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Procuro pensar de vez en cuando. También fumo.
¿Sabe cocinar?
Mis recetas culinarias son las de un superviviente en una isla desierta.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Antes de nada debería sobreponerme a que Reader’s Digest me hiciera tal propuesta… bueno, supongo que Spinoza… luego recortarían el artículo, lo encajarían entre “El caso de la mujer enterrada viva” y el apartado “Humorismo militar” y directamente lo suprimirían en la edición alemana.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
La esperanza es el recurso de los desesperados, así que, en fin, cuanta más esperanza precisas más desesperado estás y cuanto más desesperado menos razonas… No me gusta la esperanza, es peligrosa, prefiero la palabra “alternativa”, en plural, si es posible; dame alternativas viables y no precisaré encomendarme a esperanza alguna.
¿Y la más peligrosa?
Idealismo… siempre en el buen entender que las palabras no son peligrosas, son herramientas, lo peligroso es la mano que las empuña.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No se ha dado el caso, aunque no considero que matar sea un acto inmoral, en todo caso podría aceptar que te pongan en la tesitura de tener que matar sí lo es.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
No tengo “tendencias” políticas como tales, considero a las ideologías como una lacra del intelecto… en todo caso me identifico con aquellas políticas que son capaces de generar mejores condiciones de vida para las próximas generaciones… y así siempre… desgraciadamente éstas solamente parecen ser tenidas en cuenta tras la desolación que deja la guerra.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Esa es una pregunta extraña ya que soy haga lo que haga. En todo caso, ya he sido suficientes cosas.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Antes leía el periódico cada día, ya no… pero sigo fumando y conservo la capacidad de evadirme sin irme.
¿Y sus virtudes?
El control de mis defectos.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Creo que las imágenes no las podemos escoger así que yo también siento curiosidad por saber que imágenes de entre todas serán las escogidas en mi despedida.

T. M.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Los robinsones que comían lobos marinos

Como el Quijote, Hamlet, Fausto o Don Juan, Robinsón Crusoe es universalmente mucho más que un personaje literario. Se trata de un arquetipo, un icono social y cultural, un mito que ha traspasado el mundo de la ficción narrativa para incluso nutrir el lenguaje. Así, en el Diccionario de la Lengua Española, encontramos «robinsón», «robinsonismo» y «robinsoniano», dos sustantivos y un adjetivo pertenecientes a aquel que, «en la soledad y sin ayuda ajena llega a bastarse por sí mismo». Y esto es lo que le había ocurrido al marinero escocés Alexander Selkirk, el verdadero náufrago en que Daniel Defoe basó su inmortal relato de aventuras (publicado en 1719) y al que habían abandonado por indisciplina en una isla desierta.

Defoe conoció el suceso gracias a un libro titulado «Crucero alrededor del mundo» de un capitán llamado Woodes Rogers, y su instinto periodístico le despertaría la suficiente curiosidad para conocer la peculiar historia al completo e inventar un relato después de pedirle consejo a un librero de confianza. Éste le orientó sobre la longitud que debía de tener la novela, confirmándole que un libro semejante podría resultar atractivo para una gran cantidad de lectores que buscaba nuevos entretenimientos, literatura de evasión. Defoe sabía, como todo el mundo, que la novela era un género secundario, pero su fina intuición detectó que muy bien podría ser el vehículo para exponer sus ideas moralizadoras y puritanas a partir de un hombre que se superaba a sí mismo.

Porque Robinsón, por supuesto, ejemplifica al hombre que lucha con un entorno natural inhóspito y que ha de fabricarse una civilización a su manera, construyéndola de la nada, e incluso integrando en ella a un indígena, lo cual simboliza el colonialismo e imperialismo británico. Dadas estas premisas pedagógicas, no es extraño que J. J. Rousseau recomendara vivamente la novela a los jóvenes, afirmando que era una «obra básica de toda educación». Y en esa intención educativa también cabría colocar este notable libro de François Édouard Raynal, “Los náufragos de Auckland” (traducción de Pere Gil, prólogo de Alfredo Pastor) al ser la demostración de que, como aquel Robinsón real convertido en ficción, se podía sobrevivir tras una tragedia en condiciones de aislamiento extremas, y levantar una cabaña, aprender a subsistir en una naturaleza salvaje, soportar el abatimiento de tanta soledad y falta de recursos de toda clase.

El clima más hostil

Y es que una noche de 1864, los cinco hombres que integraban la tripulación de la Grafton, una goleta mercante, naufragó en las costas de Nueva Zelanda, hallando no obstante refugio en un islote deshabitado. El capitán australiano Thomas Musgrave, el jovencísimo marinero británico George Harris, el noruego Alexandre MacLarren, el cocinero portugués Henri Forgés, y Raynal, administrador de una plantación en Isla Mauricio, soportarían veinte meses en las islas Auckland con un clima hostil y, en un ejemplo de resistencia y confianza memorable, salvarían sus vidas y podrían retomar sus asuntos. En el caso del autor del libro, volvería a su añorada Francia, de la que estaría alejado veinte años, para atender a sus padres, a los que quiso ayudar desde adolescente para darles una existencia holgada haciéndose marinero e incluso buscador de oro en Australia, todo lo cual le había llevado a sufrir indecibles padecimientos.

El deseo de la expedición de la Grafton era encontrar cierta isla en que podía haber una mina de estaño argentífero o, en el peor de los casos, suficientes focas con las que conseguir aceite y pieles. Pero el fuerte viento y las olas arrastrarían la goleta hasta hacerla chocar contra unos peñascos y naufragar. A partir de ese momento Raynal se convertiría en un líder que, lejos de resignarse a sufrir un destino fatal e inevitable, se esforzará no sólo en la creación de un microcosmos que proporcione a su tripulación seguridad, calor, incluso comodidad, sino en dirimir las diferencias que irán surgiendo en una situación claustrofóbica pero en la que el autor, gracias a su fe en Dios, consigue encontrar fuerzas y esperanzas, y lo más importante, contagiar estas a sus compañeros. La razón se impone al caos; la inventiva a la poderosa naturaleza; la fe en uno mismo a la tristeza.

Entre ruidosos leones marinos e inmensas moscas azules, en unas Auckland donde “la humedad, las tempestades y las nieblas reinan casi sin interrupción”, Raynal escribe un diario (Musgrave también hizo lo propio, y lo publicó en 1866) y, muy bregado en el pasado como trabajador de la tierra en las condiciones más duras, emprende todo tipo de iniciativas. Fabrica jabón, hace de un poco de harina y mostaza su farmacia y siempre está atento a que se imponga la fraternidad, sabedor de que las enemistades tendrían consecuencias desastrosas, de tal modo que instaura la figura de “un cabeza de familia que atemperase la autoridad legal” como juez paternal, como un hermano mayor.

El grupo, pues, firma una especie de constitución para “mantener el orden y la unión entre nosotros, con tacto pero también con firmeza”, y se organizan para tener abundante leña y hacer la colada cada lunes, entre otras interminables tareas. Al final, construirán una barca con la que huir, padeciendo hambre y tormentas, hasta la salvación final cinco días más tarde en lo que fue una aventura convertida en crónica que, como en el caso robinsoniano, también inspiraría literatura. Nos referimos a “La isla misteriosa” (1874), en la que Jules Verne narró cómo cinco marinos, tras huir de la Guerra de Secesión, logran sobrevivir en un lugar lleno de fenómenos enigmáticos. 

Publicado en La Razón, 3-VIII-2017

jueves, 14 de septiembre de 2017

Entrevista capotiana a David Crespo

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de David Crespo.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Mi casa.
¿Prefiere los animales a la gente?
Los animales.
¿Es usted cruel?
A veces, como todo el mundo.
¿Tiene muchos amigos?
No.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Ninguna.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Por supuesto, como yo a ellos.
¿Es usted una persona sincera? 
Solo si tengo que serlo.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo en la terraza, con mi perrita sobre las piernas.
¿Qué le da más miedo?
El mismo miedo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La violencia, la arrogancia y el fanatismo.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Eso no se decide, ocurre y ya está. Si mi vida no fuera creativa ya no sería yo.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Me gusta pasear por la montaña, correr y nadar en el mar.
¿Sabe cocinar?
Sí, y es algo que me gusta hacer, pero solo para mi mujer. Eso sí, mientras cocino necesito que no haya nadie cerca.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Sócrates.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Transcender.
¿Y la más peligrosa?
Odio.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, ni a nada.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Gracias a Dios no tengo de eso.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Un árbol.
¿Cuáles son sus vicios principales?
De lunes a viernes la pereza y la tenacidad. El sábado el whisky con hielo y el domingo la melancolía.
¿Y sus virtudes?
De lunes a viernes la pereza y la tenacidad. El sábado el whisky con hielo y el domingo la melancolía.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Oscuridad, frío y huesos morondos.
T. M.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Entrevista en Radio Nacional de España, programa "Biblioteca pública", por "El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau"


El artista-arbolista Evan Shively preparó la instalación Treetime en 2011, a partir de tres eucaliptos caídos de ciento cincuenta años, para el Marin Country Mart, Larkspur, California. ¿Le hubiera agradado a Thoreau?

Manuel Sollo, que comanda el programa "Biblioteca Pública", de Radio Nacional de España, tuvo la amabilidad de interesarse por El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau, y me hizo una larga y magnífica entrevista que se puede escuchar aquí: "Toni Montesinos biografía y actualiza al precursor del ecologismo y la desobediencia civil".

martes, 12 de septiembre de 2017

Entrevista capotiana a Aixa de la Cruz

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Aixa de la Cruz.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
La casa en la que vivo, que tiene una terraza acristalada con vistas al mar. No me resultaría muy traumático el encierro. Siempre me ha gustado. De niña me pasaba horas bajo la mesa de patronaje de mi abuelo, rodeada de cajones con bordados y cuentas, y ahora soy más feliz cuanto más tiempo paso sin salir a la calle.
¿Prefiere los animales a la gente?
No. Mi gata es tan absorbente y habladora como cualquiera.
¿Es usted cruel?
Cada día menos.
¿Tiene muchos amigos?
Cada día más.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sean divertidos, poco exigentes y que se pueda contar con ellos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. Yo también exijo poco.
¿Es usted una persona sincera? 
Me esfuerzo mucho en serlo. Pero me educaron para ser prudente antes que sincera.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Por orden de preferencias: leer, escribir, follar, ver series, beber.
¿Qué le da más miedo?
Perder la cabeza.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La gente que miente, es confrontada con sus mentiras y no se desdice.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Probablemente, ser abogada.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Correr y andar en bici.
¿Sabe cocinar?
No. Soy mucho de comer atún directamente de la lata.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Me fascinan la obra, vida y neurosis de Emily Dickinson.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Tomorrow, tomorrow and tomorrow.
¿Y la más peligrosa?
Por lo mucho que la hemos tergiversado: libertad.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. Qué pereza.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
La única etiqueta a la que no me da miedo adscribirme es la del feminismo radical. 
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Una popstar de los estudios culturales, rollo Zizek pero sin cháchara psicoanalítica.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Casi todo lo que me gusta, me gusta adictivamente. No sabría jerarquizar.
¿Y sus virtudes?
No me rindo.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Pensaría en Virginia Woolf y en Percey Shelley, para tranquilizarme con la idea de que mi muerte tiene un canon, y luego en todas las cosas que he dejado a medias, como ver crecer a la gente a la que más quiero.
T. M.

lunes, 11 de septiembre de 2017

La ciudad enigmática

Durante el último lustro del siglo XX, el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona organizó unas exposiciones que aunaban ciudades con escritores: el Dublín de Joyce, la Lisboa de Pessoa, la Praga de Kafka, la Buenos Aires de Borges. Era un recorrido sensorial por esas capitales a partir de diversas literaturas que se detuvo en 2003 hasta que en 2011 vio la luz una exposición nueva de un intelectual contemporáneo, la dedicada a la Trieste de Claudio Magris. Era por supuesto la Trieste que había pisado Italo Svevo y su amigo James Joyce, la que recorrió Rilke, la hablante de tres lenguas (italiana, alemana, eslovena); el visitante de la muestra podía percibir el viento de la ciudad, la “bora”, y la brisa del mar Adriático, conocer las canciones tradiciones triestinas, entrar en el popular Caffè San Marco u hojear libros en entrar en la antigua Libreria Antiquaria.

Aquella Trieste tan presente en la obra del autor de “El Danubio” tuvo, en el año 2007, un espléndido homenaje en forma de libro que ahora ha traducido Lucía Barahona, “Trieste o el sentido de ninguna parte”, de Jan Morris, la escritora viajera por los cuatro continentes de la que Gallo Nero ha publicado, entre otras, la maravillosa «Manhattan 45». Morris, que nació varón y pudo cambiarse de sexo y nombre en la ciudad de Casablanca en 1972, desarrollaría tanto una carrera periodística como militar que al fin y a la postre siempre se reflejará en sus escritos: “Desde la primera vez que la visité siendo un joven soldado al término de la Segunda Guerra Mundial, esta ciudad, extrañamente, me ha perseguido”. De tal modo que la autora capta esta localidad que muestra “una personalidad difusa desde un punto de vista étnico y una historia confusa”; incluso advierte que la mayoría de italianos no sabe que está en su propio país, pues se halla a la vera de Eslovenia y Croacia.

El Adriático azul y silencioso, su historia desde inicios del siglo XVIII, sus monumentos y calles, la bonhomía de su gente… Todo lo emparenta Morris con esa sensación de estar en Trieste y a la vez en ninguna parte, lo cual otros escritores también han abordado por la sensación que, dicen, sucede cuando uno ha regresado de ella: “una vaga sensación de misterio”, como si no se hubiera entendido dónde uno ha estado realmente. Para Morris, se trata de un enclave perfecto para vagabundear; seguimos, pues, sus pasos, y nos enseña su pasado imperial austrohúngaro, hasta que los italianos toman su control en 1919, y en medio enigmas e incertidumbres placenteros expuestos con mano maestra en torno a la Piazza Unità, la joya de la ciudad, la plaza más grande de toda Italia.

Publicado en La Razón, 19-VIII-2017

domingo, 10 de septiembre de 2017

Entrevista capotiana a Pablo Cerezal

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pablo Cerezal.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
He vivido en unos cuantos lugares ya. Y he deseado vivir en muchos otros. Estoy muy mal acostumbrado. Soy un apátrida convencido, en lo emocional. En lo legal he sido demasiado cobarde como para llegar a serlo, y he estado (y sigo), como casi toda la población, sujeto a la legislación de una u otra nación. He acabado renegando de cualquiera de los países en que he vivido. Alguno, incluso, ha renegado de mí, en este caso legalmente. Si tuviese que elegir un lugar del que ya no salir más, mejor que lo elijan otros por mí. El que yo eligiese, tarde o temprano, me iba a causar rechazo.
¿Prefiere los animales a la gente?
Los humanos también somos animales, aunque lo olvidemos en demasiadas ocasiones, dándonoslas de superiores. Si hasta lo hacemos entre nosotros mismos. Pero, hablando del supuesto raciocinio de unos y otros, y puestos a elegir, prefiero a la gente que no reniega del animal que lleva dentro.
¿Es usted cruel?
De pensamiento muchas veces, de palabra a menudo, en contadas ocasiones de obra y casi nunca de omisión.
¿Tiene muchos amigos?
Hace tiempo que intento no contarlos, por las posibles bajas. Si lo hago me pondría a la altura de los forofos del fútbol, y cosas así, que se compran camisetas con el nombre de un tipo serigrafiado a la espalda y, al año siguiente, cuando dicho personaje cambia de equipo, no saben ya qué hacer con la camiseta.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
No busco nada en los amigos. Los amigos son para encontrar, no para buscar. No creo en la amistad como intercambio de intereses. Pero adoro a la gente que no reniega de sí misma, y si una persona me muestra que no es ella misma, al menos cuando está conmigo, difícilmente podré considerarla amiga.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Al hilo de lo anterior… lamentablemente, es muy difícil ser uno mismo de continuo.
¿Es usted una persona sincera? 
Más de lo que desearía. En ocasiones temo perder entidad, a causa de tanta transparencia. Creo que no es sano, pero hasta ahora no lo he podido cambiar… o tal vez no lo he intentado.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
La libertad es un concepto erróneo, especialmente aplicado al tiempo. Justamente el tiempo es lo que nos recuerda la ausencia de libertad. Si tengo que pensar qué prefiero hacer con mi tiempo libre ya perdí mi libertad de acción, y ese tiempo deja de ser libre.
¿Qué le da más miedo?
Hay dos cosas que me aterran especialmente y que, mira tú por dónde, son contrapuestas: el dolor y la locura. Sentir dolor es de personas muy cuerdas. Y la locura, imagino, no duele, al no tenerse constancia racional de ella. De ahí surge que lo que más miedo me produzca sea el dolor de aquellos a quienes amo. Si una persona amada sufre, se juntan en mí el dolor y la locura consciente… eso es terrible, y prefiero vivir como si nunca fuese a suceder, a pesar de que la vida se empeñe en llevarme la contraria.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
A estas alturas, en estos tiempos… a este respecto puedo asegurar que estoy curado de espanto. Es difícil no estarlo. Mira a tu alrededor.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Ser escritor, llevar una vida creativa y vivir de ello.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Me canso sólo de pensarlo. Lo más cercano al ejercicio físico que puedo considerar en mi vida es el amor y, lamentablemente, no puedo practicarlo con la frecuencia que debiera para considerarlo ejercicio físico… creo que esas cosas exigen disciplina y repetición, ¿no es así?
¿Sabe cocinar?
Sé perderme en la cocina, perder el tiempo entre fogones, carnes, salsas y especias, acompañado de una buena botella de vino. Luego, el producto, no siempre tiene el sabor que le imaginé… especialmente si la botella de vino no ha sobrevivido al tiempo que he pasado en la cocina.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Mi hijo. En tres años y poco de vida ha operado en mí transformaciones que parecen producto de algún tipo de esoterismo ancestral. Y como estoy demasiado malacostumbrado a escribir sobre mí mismo, no encuentro mejor “personaje”.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Beso.
¿Y la más peligrosa?
Beso.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. Si he llegado a odiar tanto a alguien como para considerar apetecible su muerte, me bastó con desearle que no cambiase su forma de ser. No hay mayor penitencia que la propia forma de ser de uno mismo. Ya comentaba antes que en muchas ocasiones soy cruel de pensamiento. Además, soy muy cobarde como para matar a alguien… y creo en la justicia poética.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Cuando joven me proclamaba comunista. Claro, si de joven no te sientes comunista es que nunca has sido joven. Pero eso, ya digo, fue hace mucho. A día de hoy, aunque sigo posicionándome lejos del capital y la gana de someter al semejante (la misma cosa son), me resulta muy difícil encontrar corriente política que lo combata de manera resuelta y efectiva. La política, a día de hoy, ha perdido el sentido hasta de su propio nombre. Ya no es una ciencia útil para la sociedad, sino el negocio mafioso de unos cuantos, así que tiendo a desentenderme de ella.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Mis padres aseguran que, de pequeño, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, yo respondía: payaso. Ahora que soy mayor y bastante payaso, comprendo que no era esto. Así que si mis deseos infantiles, que son los mejores que jamás puede albergar un ser humano, eran un fraude, ¿a qué desear ser ninguna otra cosa? Estoy feliz así, sin saber muy bien lo que soy ni lo que me gustaría ser, absorto en mis contradicciones.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Lo que yo considero vicio otros pueden considerarlo virtud.
¿Y sus virtudes?
Lo dicho.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Soy un cobarde absoluto. Seguramente sólo pensaría que me estoy ahogando. Las imágenes que pasarían por mi cabeza serían insoportablemente horribles, y moriría de miedo antes de ahogarme.

T. M.