domingo, 9 de julio de 2017

Entrevista capotiana a Carlos Skliar

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Carlos Skliar.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
El alma sosegada, el cuerpo sereno. Luego podríamos agregar algunos condimentos secundarios: que allí anochezca tarde y que aún pueda verse un fragmento del sol; que la ciudad no oculte la llanura; que los libros estén alrededor, ni muy altos, ni muy bajos, y que haya una música (siempre) de fondo. Ese sitio se parece mucho al que elegiría y, por ello, aún no existe. 
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero la gente que pasea con animales más a que a la gente que pasea sin ellos. Pero hay un límite: el de la humillación que hace de un animal una pseudo persona desnuda en medio de mucha gente vestida. Creo, sí, en la amistad entre gentes y animales como un vínculo de profunda alteridad: cuando mi gata Brenda se apartó para morir, después de 21 años de vida en común, solo despejé su camino sin ánimo de hacerla durar. En fin: busco en los animales una amistad sin preguntas, sin juicios de valor, la amistad de la presencia incondicional, como cuando éramos niños.
¿Es usted cruel?
Sí, sobre todo en la imaginación pero no en los gestos concretos. En un mundo como éste, el del reino de la hipocresía, sería imposible no desear cierta dosis de crueldad hacia aquellos que afean y empeoran a propósito la vida, dándote zancadillas de miseria, ruidos de hambre y empujones de avaricia. Me veo cruel en la intimidad, inventando modos de justicia inéditos: todos llevamos un enmascarado dentro y un cobarde fuera. 
¿Tiene muchos amigos?
La amistad es incontable, decía el filósofo Jacques Derrida; jamás los he contado y prefiero que no me cuenten. Pero la palabra “contar” es muy bonita para negarla y en todo caso hay que quitarle su aroma a fórmulas de sumas y restas: cuento con mis amistades y deseo que cuenten conmigo. Y “contar” se vuelve así una expresión más relacionada con la conversación y la narración que con las matemáticas.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Aunque me duela, aunque cada vez que ocurre me siento derrotado, busco a aquellos y aquellas que puedan ponerme una mano sobre el hombro para decirme que “no”; yo creo que no hubiera hecho casi nada en la vida si no hubiera tenido esos amigos que saben mostrar los bordes del ridículo y el demasiado énfasis del “yo mismo”. En todo caso, quisiera que una amistad sea un naufragio entre el “sí” inicial, un “sí” casi incondicional, y un “no” proverbial, casi profético. 
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Difícilmente, porque no están sometidos a la lógica de la ilusión sino a la de la conversación. Aunque el después siempre es demasiado tarde, intuyo que nada pueda dejarse de lado hasta un segundo antes de la desilusión. La amistad, al contrario que cualquier vínculo utilitario permanece en estado de paréntesis, de pausa, no de clausura definitiva.
¿Es usted una persona sincera? 
¿Es la sinceridad una cualidad individual, que atraviesa la vida incesantemente sin mirar a los costados, avasallando a quienes no deseen tu sinceridad? No lo creo. Sin embargo percibo que la sinceridad hacia uno mismo puede establecer límites a la auto-complacencia. En épocas de altares y destronamientos del ego, la sinceridad puede ser una virtud y al mismo tiempo una defección. Yo preguntaría y me preguntaría antes: ¿quieres de verdad saber qué percibo, qué pienso, cómo lo veo? ¿O prefieres que hablemos sin tocarnos?
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
En la absoluta inutilidad y parsimonia. Es la única rebelión que conozco y de la que dispongo. Que el tiempo libre esté liberado de verdad de cualquier provecho y sentido. Por ello lo vinculo con la lectura, más que con la escritura. Intentar una atmósfera donde el paso siguiente sea nulo o desconocido. El tiempo libre, del que carecemos en la civilización de la hiper-conectividad y la ocupación, se parece mucho a la soledad. Y la soledad tiene que ver con una intimidad que se abre al instante. Hacer durar el instante todo el tiempo que fuera posible, sin ánimos ni perversiones de cronologías utilitarias.
¿Qué le da más miedo?
La muerte de otros, el fin de la conversación. No poder ir hacia la infancia, congelándome en la vida adulta como tiempo de desdicha. Una araña que me mira a los ojos. Un niño que sube las escaleras pesadamente. No lograr reescribir lo que ya escribí.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Más que escandalizarme siento que me harta la falsa moral sonriente y de dentadura blanca y prolija. El desvío de la mirada frente a lo miserable. El hacer de cuenta que todo está en orden mientras el mundo se desploma. Un señor de traje que mira lascivamente a una joven de vestido largo que no desea ser mirada. Las interrupciones ruidosas a la soledad. Este tiempo donde se reemplaza a los ancianos y los maestros por entrenadores personales.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
La incógnita de qué sería si no fuera lo que soy está vacía. Es mi modo de realizar esta travesía: ignorando qué hubiera hecho de no hacer lo que hago. Puedo, eso sí, recordar que en la niñez anhelaba ser futbolista o actor de teatro. A veces uno está siendo aquello que, austeramente, permanece disponible.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
De tanto en tanto caminar una hora por día, de modo más intenso que un paseo y menos enfático que el correr. Tengo un pasado más físico y tendré, como todos, un futuro de condena.
¿Sabe cocinar?
Sé abrir la puerta del horno y esperar que alguna mezcla de carnes, patatas, berenjenas y cebollas se cocine a fuego lento. No paso de dos o tres platos que aprendí por necesidad más que por algarabía. Desde que en la televisión solo hay programas de cocineros he abandonado toda pretensión de cocinar y de ver la tele.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Como ello nunca ocurrirá puedo imaginarme cualquier cosa, pero hace tiempo que siento una obsesión por aquellos personajes mínimos, ni héroes ni víctimas, que solo parecen expresar, a mi modo de ver, una de las mayores virtudes de lo humano: la ternura. Por ejemplo: me encantaría escribir la biografía de aquella mujer anciana que, acodada en su balcón y ante mi pregunta de si estaba bien allí fuera, me respondió: “Sí, aquí afuera sí. Adentro, no: adentro hay demasiados recuerdos”.  O la historia de aquel niño, ahora hombre, que recuerda toda la vida aquella mujer que alguna vez le sonrío en una plaza y a la que nunca volvió a ver.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Abuelos.
¿Y la más peligrosa?
Progreso.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No he tenido el gusto.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
La amistad, la cofradía, la soledad. Soy candidato a la nobleza y la lentitud. Creo en las largas cartas escritas a los amigos y en la espera de una posible respuesta. Me asocio muy débilmente al teatro del poder, pero de hacerlo entro al escenario por la izquierda.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Admiro a quienes se pasan toda la vida siendo otra cosa, capaces de tantas vidas diferentes. Me gustaría, sobre todo, no ser un sujeto cronológico.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Escribir mientras fumo. Estar en carne viva tres cuartas partes del día. Viajar lejos para encerrarme cerca. Dejar la taza del café fuera de su plato. Perder el tiempo mirando a la gente que mira. Creer que dispongo del lenguaje. Asumir la catástrofe del mundo. Sonreír cuando no debería.
¿Y sus virtudes?
Hablar con desconocidos. No tener prisa, a sabiendas que el tiempo corre. Amar sin remedio. Que el lenguaje disponga de mí. Que mi voz se parezca a mis palabras. No tener la pretensión de la duración. Cierta vez haber confiado más allá de lo razonable. Creer que la “suerte” es puro trabajo de la invención. Haber ignorado siempre aquello de “que hay que estar a la altura”.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
El rostro de la mujer que amo, quizá pidiéndole perdón porque nunca amamos lo suficiente. Buscar desesperadamente a mi primo que murió a los 11 años ahogado. Intentar no encoger los hombros. Saludar con la mano en alto a la última persona a la que, tal vez, vea cuando me ahogo.

T. M.